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El cristiano es
un sembrador de esperanza En un fragmento rescatado de un artículo del Padre Víctor Manuel Fernández, encontramos lo que llamaremos “siete reglas de oro” que debieran guiar nuestros diálogos y comunicaciones, y no sólo en el campo de lo religioso. |
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La proclamación del Evangelio donde fuere que tenga lugar, como comunicación no es ajena al marco emocional que envuelve a todo diálogo humano. Pero fundamentalmente, el predicador, el apóstol que quiere difundir la Palabra de Dios, va a transmitir la gracia y la eficacia de la Palabra en la medida de que, no sólo sus palabras sino que toda su persona comunique el gozo de compartir ese mensaje. Seguramente hay “don” en esa actitud transparente de compartir y de sembrar entusiasmo por las escrituras y en muchas personas es espontáneo y manifiesto. Sin embargo existen algunas “reglas de oro” que la sabiduría y la experiencia han condensado y que no dejan de sorprender siempre. Tal es el caso que el mismo Padre Víctor Manuel Fernández expone en su artículo “Mi opinión acerca de la Quinta Conferencia de Aparecida, en VIDA PASTORAL, la publicación de la editorial San Pablo. Allí, el Padre Fernández, con su estilo tan agudo como gentil va relatando su sentir personal durante el desarrollo de la Conferencia de Aparecida. Y cuenta que, en un momento, en el seno de la Comisión en que participaba, pidió sus “tres minutos” para presentar una moción. Habló y, como él mismo dice: “…Las repercusiones de mi discursito fueron más positivas y entusiastas de lo que esperaba, porque quizás expresaban algo presente en el inconsciente colectivo de la mayoría de los participantes”. Sin duda, es así: es lo que se esperaba y por cierto resulta siempre bien acogido. Por eso he querido destacar estas “Siete reglas de oro” que debieran estar siempre presente en la catequesis, en los encuentros religiosos, en los proyectos pastorales y fundamentalmente en las homilías. He aquí el discursito del Padre Victor Manuel Fernandez: "Quiero proponer un lenguaje estratégico. Es decir, invito a prestar suma atención af modo de decir las cosas para evitar un efecto contrario al que pretendemos. Doy algunos ejemplos: 1) Si procuramos un encuentro de la gente con la Palabra y un proceso formativo, evitemos dar a entender que el pueblo es una masa ignorante o supersticiosa. Propongamos más bien llevar a plenitud las riquezas espirituales que ya posee. 2) Si criticamos el hedonismo o el inmediatismo, al mismo tiempo mostremos que Jesús ama la felicidad de la gente y ofrece a cada uno vida digna, plena, integral. 3) Si rechazamos las uniones irregulares, reconozcamos también lo dura que es la continencia o la soledad en el mundo de hoy. 4) Si condenamos los populismos, dejemos claro que no estamos poniéndonos del lado de los intereses de las minorías ricas que tuvieron mucho poder en nuestros países. 5) Si ponemos en el centro el encuentro personal con Cristo, no lo hagamos debilitando la centralidad de la misión y de la lucha por la justicia en la identidad del discípulo. 6) S¡ criticamos los espiritualismos e invitamos a un mayor compromiso, no dejemos de valorar una sed espiritual que no encuentra una respuesta atractiva en nuestras propuestas. 7) Si nos duele la pérdida de católicos, mostremos que nos preocupa que se vayan de nuestra casa, más que atacar a quienes los reciben.
En síntesis, cuando pretendamos erradicar cosas
negativas, reconozcamos las inquietudes legítimas que pueda haber detrás. De
otro modo no conseguiremos un efecto positivo y habremos perdido el tiempo.
No callemos ni disimulemos nada importante, usemos fuerza y contundencia;
pero si queremos llegar al corazón de nuestra gente, cuidemos con suma
delicadeza el lenguaje para decirlo". Convengamos que la propuesta del Padre Fernández es una pieza admirable de sentido común y por eso mismo lleva el merecimiento de destacarse. Es, por así decirlo, una presentación “en positivo” para motivar la acción sobre la base de lo que, bueno o recuperable, es nuestra nuda realidad. Y ésto es, simplemente, estar convencido de que en el Reino hay esperanza para pescadores, carpinteros y publicanos. El Reino es esperanza. El cristiano debe ser un sembrador de esperanza.
FUENTE: Los textos citados corresponden al artículo “Mi opinión acerca de la Quinta Conferencia de Aparecida” de la publicación periódica VIDA PASTORAL, Año XLVII Nº 267 Sept/Oct´2007, Buenos Aires. Ed San Pablo. |
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