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Domingo
24 de junio de 2012. El nacimiento
de Juan Bautista - Ciclo B
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Los cuatro Evangelios tienen algo que decir sobre Juan el Bautista. Cada evangelista lo ha mirado desde su punto de vista, que en cierto modo es el punto de vista de la comunidad a la que pertenece el autor. Para el día que la Iglesia celebra y conmemora el nacimiento del Bautista, dejo una muy breve aproximación a lo que cada Evangelio dice sobre el último profeta del Antiguo Testamento.
La descripción en los primeros versículos del libro sobre Juan el Bautista abarca una serie de características sobre el profeta que dicen cómo se viste y qué come.
Su vestidura de
camello parece romper las leyes de pureza judías, que designan
al camello (animal con pezuña partida) como un ser impuro.
Aunque también una tradición rabínica dice que Dios confeccionó
para Adán un vestido con pelo de camello, lo que podría indicar
un regreso a lo primigenio, al Génesis, al momento de relación
íntima entre Yahvé y el ser humano. Pero principalmente, parece
ser el atuendo propio de un profeta que se enmarca en la
tradición profética de Israel, como los describe Zac. 13, 4 (con
manto de pelos) y como parece vestirse Elías (cf. 2Rey. 1, 8).
Si añadimos el cinturón de cuero, la descripción parece
concordar bastante con la de Elías. En la comida,
probablemente, haya un trasfondo histórico que tiene que ver con
la comida de los habitantes regulares del desierto: langostas
cocidas, langostas asadas y miel silvestre. Es, en el contexto
profético, también un signo de austeridad. Juan el Bautista no
banquetea, sino que vive de lo que ofrece la naturaleza en el
desierto, que equivale a decir que vive de lo que le ofrece
Dios, como el pueblo del éxodo tenía que vivir gracias a las
intervenciones divinas durante su peregrinaje. Marcos, más adelante, relatará la muerte del Bautista en manos de Herodes. Para Herodes, Jesús era Juan el Bautista que había resucitado (cf. Mc. 6, 16), y tuvo miedo, porque la muerte del Bautista se ejecutó por su orden. Según cuentan las crónicas de aquella época, Herodes era muy supersticioso, y esa superstición le generaba miedo, convirtiéndolo en una persona inestable, lleno de excentricidades. Era hijo de Herodes el Grande, y gobernó en Galilea y Perea a partir del año 4 a.C., por disposición del Emperador Augusto.
Tenía un hermanastro, Herodes Filipo, a quien arrebató la esposa, Herodías, repudiando a su primera mujer, hija del rey de los nabateos. Ese escándalo le valió la enemistad de este rey, la de su hermanastro y la acusación pública de Juan el Bautista, quien le decía: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano” (Mc. 6, 18b). Conocida es ya la ocasión que precipita la decapitación del Bautista, con el baile de la hija de Herodías, durante un fastuoso banquete, que seduce a Herodes y lo incita a prometer que le dará lo que ella quiera; instigada por la madre, pide la cabeza de Juan. Y Herodes lo concede. El último versículo de esa sección culmina diciendo que los discípulos del Bautista “vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura” (Mc. 6, 29b). El Bautista es asesinado por un banquete de la muerte entre ricos, por la decisión de una mujer irritada que utiliza a su hija, por la necedad de un gobernante. Lo que ha asesinado a Juan, la maquinaria siniestra que lo decapita, aparece como contrapunto directo del proyecto del Reino predicado por Jesús.
Para este Bautista, la ira de Dios es lo inminente, y no se
puede escapar de ella. Dios está de veras enojado, según parece.
Tiene un hacha (su instrumento escatológico), y con esa hacha va
a limpiar la humanidad. Lo que no sirve se corta y es arrojado
al fuego. Para realizar esta acción de limpieza, Dios tiene un
enviado, uno más fuerte o más poderoso que Juan. Es el agente
mesiánico, la mano derecha de Dios. Si la herramienta
escatológica divina es el hacha, la del agente mesiánico es la
horquilla para recoger el trigo (y guardarlo) y quemar la paja
(en un fuego eterno). Cuando Jesús va a bautizarse, Mateo añade un diálogo entre los personajes que es propio de él. Aquí tenemos una clave para desandar el camino de la comunidad mateana. Los estudiosos afirman que esta Iglesia vivía un conflicto teológico importante en cuanto a la relación de Jesús con el Bautista. ¿Era posible que Juan lo haya bautizado? ¿Acaso era mayor que el Señor? ¿Y de qué debía bautizarse Jesús, de qué pecado absolverse?
El diálogo
entre Jesús y el Bautista, por lo tanto, es una exposición
teológica del por qué del bautismo jesuánico y un
esclarecimiento de la posición real que tiene cada uno en la
historia de la salvación. Lo primero que hace Juan es tratar de
impedir el bautismo, reconociendo su pequeñez frente al Mesías,
sintiéndose incapacitado de bautizar al Cristo de Dios. De esta
manera, queda clara la superioridad de Jesús, mayor que Juan,
capaz de dar un bautismo también mayor, en el Espíritu Santo. El punto cumbre del diálogo es la cuestión de la justicia. Jesús
expresa que su bautismo es necesario porque así se completa toda
justicia. Quizás, convenga traducir completa en lugar de cumplir
el término griego pleroo. Completar toda la justicia significa
que la justicia se está desarrollando y que el bautismo se
encadena como un hecho significativo para completarla, para
llenarla, para que alcance su completitud. Es una justicia que
ha comenzado en la genealogía con la que abre el Evangelio (cf.
Mt. 1, 1-17), remontándose hasta el justo Abraham, que se ha
continuado con el justo José (cf. Mt. 1, 19), que se hace
inminente con la prédica del justo profeta Juan el Bautista (cf.
Mt. 3, 1ss) y que alcanza plenitud en el bautismo. Pero no hay
que confundirse con una plenitud que se agota allí, al salir del
río Jordán, sino que se trata de una plenitud proyectándose
hacia el futuro, hacia la vida pública de Jesús, que será
manifestación de la justicia divina. La justicia en Mateo podemos entenderla como fidelidad a lo que Dios quiere. Cumplen la justicia (son justos) los que se suman al proyecto de Dios que es el Reino. Son bienaventurados los que desean que se concrete el Reino (cf. Mt. 5, 6) y los que soportan persecuciones por ser leales a ese Reino (cf. Mt. 5, 10). No se trata de una justicia exterior, litúrgica, cultual, como la de los escribas y fariseos, que aparentan (cf. Mt. 5, 20); es una justicia que se realiza sin esperar recompensa (cf. Mt. 6, 1), que trae las demás cosas por añadidura (cf. Mt. 6, 33), que es lo más importante de la Ley (cf. Mt. 23, 23).
Lucas ha tejido sus dos primeros capítulos con el telón de fondo de las Escrituras judías. Tomando moldes veterotestamentarios relató la infancia de Jesús y de Juan el Bautista. Con ese recurso literario establece continuidad en la historia de la salvación. Justamente, el gran trabajo arquitectónico de Lucas consistió en separar la vida del Pueblo de Dios según tres épocas. La primera época es la de la Antigua Alianza, la que culmina con la llegada de Jesús. En su Evangelio, ese período tiene como representantes a Zacarías (sacerdote del templo), a Isabel (estéril al comienzo, como muchas mujeres del Antiguo Testamento) y a Juan el Bautista (el último profeta de la Antigua Alianza y el más grande, según Lc. 7, 26-28). Cuando comienza el ministerio de Jesús se abre una nueva etapa, la del Hijo, la de la Nueva Alianza (cf. Lc. 22, 20), que tendrá su coronación en la ascensión (cf. Lc. 24, 50-51; Hch. 1, 9).
b) Un testigo
de la luz (Jn. 1, 7): su misión es dar testimonio de la luz del
mundo que es el Cristo. La tarea que le encomienda,
específicamente Dios, es la de señalar la luz para que la gente
crea. Es un intermediario en la fe. Es un testigo autorizado,
pues la misma divinidad lo cataloga como tal. Su testimonio, por
lo tanto, es válido, en el pasado y en el futuro. Dios le ha
concedido una misión que se prolonga hasta el final de los
tiempos. Vino a la historia como testigo. c) No es la
luz (Jn. 1, 8): el Evangelio quiere dejar en claro que el
Bautista no es el Mesías, sino el testigo del Mesías. No se lo
puede confundir, porque confundiéndolo, no sólo se atentaría
contra la misión de Jesús, sino contra la misma misión de Juan.
Dios lo ha elegido para ser testigo de la luz, y su plenitud
está en el testimonio, no en la usurpación de una condición
crística que no le corresponde. d) Precede a
la luz en una paradoja (Jn. 1, 15): en una complicada noción y
mezcla de espacio y tiempo, el Bautista declara que quien viene
después de él, en realidad, estaba desde antes. Jesús, existente
desde siempre, pre-existente, se presenta ante el mundo después
que Juan, haciendo la paradoja de un orden cósmico. El Bautista
no es más que la consecuencia del Cristo, aunque los hechos
pareciesen indicar lo contrario: que el Mesías es la
consecuencia de la aparición de Juan. e) La voz que
clama (Jn. 1, 19-23): ante las inquisitorias del juicio contra
Jesús que empieza a desatarse y desarrollarse desde el primer
capítulo de la obra joánica, el Bautista rápidamente desvía la
atención de su persona. Él no es el Mesías, ni Elías ni el
profeta esperado. Es llamativo que ante la pregunta sobre quién
es, la respuesta sea referida al Cristo mediante una negación:
no soy el Mesías. Elías y el profeta esperado son dos personajes
ansiados escatológicamente en la tradición hebrea. Juan tampoco
se identifica con ellos. Es como si quisiese reducir su
protagonismo al máximo. Sólo se hace conocer como la voz que
clama en el desierto anunciada por Isaías (cf. Is. 40, 3);
tradición que han conservado también los Evangelio sinópticos (cf.
Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4). f) Reconoce al
Cordero: el Bautista es el único que aplicará a Jesús, en todos
los Evangelios, el título de Cordero de Dios, y sólo en dos
oportunidades (cf. Jn. 1, 29.36). Claramente, la alusión es al
cordero pascual (cf. Ex. 12), macho, sin defecto y de un año. El
autor terminará de develar el misterio en el relato de la
crucifixión, cuando asevere que “era el día de la Preparación de
la Pascua, alrededor de la hora sexta” (Jn. 19, 14), lo que
significa, alrededor del mediodía, horario en que se
sacrificaban los corderos pascuales en el Templo de Jerusalén.
Las primeras
comunidades tuvieron que exaltar en demasía la diferencia
cristológica de Jesús respecto al Bautista por una cuestión de
fe. No era posible sostener el bautismo histórico de Jesús y, a
la vez, sostener la exaltación del Hijo de Dios. Generaba dudas,
desconciertos, confusiones. Los evangelistas retocaron,
entonces, la escena de encuentro entre ambos. Y transmitieron
así una doctrina de fe para sus lectores. Pero hoy, quizás, convenga recuperar al Bautista histórico y al Jesús histórico que se unió a su movimiento. Que no deja de ser Hijo de Dios, pero no deja de ser Hijo del Hombre. Jesús había puesto su fe en el mensaje de Juan, sin embargo, supo progresar hacia una visión superior del mismo mensaje. Jesús entendió que el Reino, más que amenazar, debía consolar. El Reino, más que estar separado del mundo cotidiano, debía estar en medio de la cotidianeidad.
El Reino, no es algo que vendrá un día muy lejano, sino algo que está en proceso, que está presente aquí y ahora. Ese salto de calidad que lleva a Jesús a abandonar el movimiento del Bautista para iniciar su propio movimiento, no es una negación del pasado con Juan, sino un escalón más, una superación que implica lo anterior.
Esa capacidad de superación es una enseñanza y un ejemplo que podemos emular del Jesús histórico. Él ha tenido que plantearse el Reino seriamente, y modificar su vida en pos de ese planteo y esa reinterpretación. El Bautista abrió un camino para Jesús, y Jesús lo transitó en libertad proyectándolo hasta límites inimaginables. *
* Por Leonardo Biolatto
Publicado en su Blog: PALABRA DE MISIÓN
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