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35 Aquel día, caída la tarde, les dijo: - Crucemos al otro
lado.
36 Dejando a la multitud, se lo llevaron mientras estaba en la
barca,
aunque otras barcas estaban con él.
37 Entonces sobrevino un fuerte torbellino de viento;
las olas se abalanzaban contra la barca, y ya la barca se iba
llenando;
38 él se había puesto en la popa, sobre el cabezal, a dormir.
Lo despertaron y le dijeron: - Maestro, ¿no te importa que
perezcamos?
39 Una vez despierto, conminó al viento (y se lo dijo al mar):
- ¡Silencio, estate callado! Cesó el viento y sobrevino una gran
calma.
40 Él les dijo:- ¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
41 Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros:
-¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?.
(Mc 4, 35-41)
Jesús, quien ha
visto, invita y anima a ir "más allá" de lo conocido y de lo
trillado, hacia "la otra orilla".
El ser humano tiende a instalarse, acomodándose a aquello que va
consiguiendo. Fácilmente nos acostumbramos a lo conocido y nos
dejamos mecer por la rutina que evita sobresaltos y nos otorga
una cierta sensación de seguridad.
Y esto suele ocurrir también con nuestras ideas, creencias o
cosmovisiones. Acostumbrados a ver la realidad desde una
determinada perspectiva, nos cuesta abrirnos a otros ángulos
nuevos o desconocidos.
Preferimos, aun sin darnos cuenta, quedarnos instalados en "esta
orilla", la conocida, habitual, acostumbrada. Es la preferida de
nuestra mente y de nuestra sensibilidad, por la sencilla razón
de que les resulta familiar y les aporta tranquilidad.
Es una actitud en principio comprensible, aunque comporta un
riesgo importante: quedar reducidos a una visión estrecha y
ahogados en una vida mortecina, una vez que nos hemos cerrado a
cualquier posible salida..., sobre todo cuando hemos logrado un
"bienestar" que se prolonga.
En realidad, cuando todo en la vida nos resulta fácil, es más
probable que nos instalemos en nuestras seguridades. En
ocasiones, solo cuando estas se conmueven, la persona conecta
con otro anhelo más profundo.
Porque, si bien en los niveles mental y emocional, tendemos a
instalarnos, en lo más profundo de nosotros, sin embargo, nos
habita un Anhelo de "más", que nos empuja desde dentro en un
despliegue abierto a horizontes cada vez mayores.
Tal anhelo podemos verlo también como la voz de nuestro "maestro
interior" que nos da paz, pero que no nos deja en paz. Si no lo
ahogamos con compensaciones ni lo acallamos con nuestro ruido,
escucharemos su voz que nos anima a cruzar a "la otra orilla".
Por eso, al escuchar estas palabras de Jesús, es probable que
reconozcamos el "eco" que producen en nuestro interior, y que la
invitación nos resulte conocida.
La "otra orilla" es la novedad del presente, el descubrimiento
incesante, la amplitud sin límites. Pero solo podremos empezar a
cruzarla si estamos dispuestos a dejar nuestros caminos
trillados y nos entregamos con docilidad a la Vida –otro nombre
de nuestro "maestro interior"-, en todo lo que tenga que
enseñarnos.
Si "esta orilla" es la del yo –al identificarnos con la mente,
nos habíamos reducido a él-, la otra es la de nuestra identidad
profunda. Por eso, la primera es "cerrada" –tiene los mismos
límites que el yo-, mientras que la segunda es ilimitada.
En aquella, pretendemos controlar todo desde la primacía del yo;
en esta, nos reconocemos en la Vida misma que fluye y que se
expresa en todo, incluido el propio yo, que ha "cedido" su
protagonismo anterior.
Pero, aun oyendo la invitación y reconociendo la resonancia que
produce en nuestro interior, el tránsito no suele ser fácil.
Debido a nuestra identificación con la mente, que nos ha hecho
creer que éramos el "yo individual" que ella misma ha plasmado,
nos cuesta mirar la realidad desde otra perspectiva que no sea
la del yo.
La dificultad del tránsito queda magníficamente expresada en el
relato evangélico que estamos comentando. El yo (la barca), aun
atreviéndose a salir de su mundo habitual, experimenta un oleaje
(mental y emocional) amenazador en el que teme hundirse sin
remedio.
Sin embargo, dentro de esa misma tempestad, hay alguien que
duerme serenamente. No solo eso: es alguien que impone la calma
con su sola palabra. De pronto, ante tal calidad de presencia,
el mar (todo aquello que nuestra mente percibe y etiqueta como
"mal") se torna apacible, y el miedo angustiante se convierte en
confianza admirada y agradecida.
¿Ante quién estamos? Jesús, de quien había partido la invitación
a cruzar a "la otra orilla" (nuestro maestro interior), es la
expresión de quien "ha visto", conoce y vive su identidad
profunda.
No se halla reducido a su "yo individual", sino que se sabe
Consciencia y Vida sin límites, Presencia consciente y amorosa,
que se nombra como "Yo Soy", sin otros añadidos.
Esa Presencia –otro nombre de nuestra identidad profunda- es
paz, ecuanimidad y fuerza. Calma el mar embravecido y nos
introduce en la paz que supera todo lo que podemos pensar.
En los niveles mágico o mítico de consciencia, Jesús era visto
como alguien "exterior" o separado, cuya fuerza podía liberarnos
"milagrosamente" de todos los males. La oración consistía,
precisamente, en implorar su poder para sortear las
dificultades.
En el nivel transpersonal, de la mano de la perspectiva no-dual,
la liberación sigue ocurriendo, pero la explicación es distinta:
Jesús es el "espejo" de lo que somos todos; en él nos vemos
reflejados y en él podemos percibir y reconocer nuestra misma
identidad.
Se trata de una identidad "compartida" (no-dual) que, sin negar
las diferencias, reconoce que su fondo y nuestro fondo es uno y
el mismo. En realidad, todo lo que existe "comparte" o participa
de ese mismo Núcleo que constituye la Mismidad de todo lo que
es.
Desde esta nueva perspectiva, por tanto, Jesús no aparece como
un salvador "externo", sino como la referencia que, al abrirnos
los ojos, nos hace tomar consciencia de que estamos ya salvados,
en la Identidad que somos. El engaño consistía en nuestra propia
ceguera, que nos había reducido a las dimensiones del yo mental.
De modo que las palabras del relato –"¿por qué sois tan
cobardes?; ¿aún no tenéis fe?"- podrían "traducirse" por estas
otras: ¿por qué estáis tan ciegos?, ¿todavía no veis? Despertad
a vuestra verdadera identidad... Todo lo demás –la calma, la
fuerza, el coraje...- se os dará por añadidura.
Necesitamos, para ello, activar nuestra "inteligencia
espiritual", como la capacidad que nos permite acceder y
conectar con esa dimensión profunda de lo real, a la que nos
referimos con el término "espiritualidad".
(A quien esté interesado en todo ello, puedo sugerirle la
lectura del último libro que he escrito, y que acaba de publicar
la editorial PPC: "Vida en plenitud. Apuntes para una
espiritualidad transreligiosa").
Enrique Martínez Lozano *
www.enriquemartinezlozano.com
*
Publicado en: FE ADULTA
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