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Domingo 3 de junio - Solemnidad de
la Santísima Trinidad -Ciclo B-
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Felizmente el Dios de mi fe es distinto. Le gusta pasearse a la fresca de la tarde charlando con Adán, símbolo de todos los hombres. A Dios le aburre pasearse solo. Prefiere la compañía de los hombres. Dios se hace presente allí donde están los hombres. Le encanta su compañía, por más que a veces, los hombres ni se enteren.
Los hombres no somos un estorbo para Dios. Somos su mejor
compañía y sus mejores amigos. Si los hombres le dejamos solo,
él espera. Y si tardamos mucho, él mismo nos va a buscar. Más
bien pudiéramos decir que el desierto lo necesitamos nosotros a
fin de alejarnos del exceso de ruidos, y así le podamos escuchar
mejor a El. El desierto es para los hombres que buscan. No para Dios que, prefiere pisar la hierba del jardín a la fastidiosa arena de las dunas.
Por eso, los hombres no nos retiramos al desierto para huir de
Dios, sino de los hombres. Para encontrar un espacio donde
despojarnos de nuestras falsas apariencias y poder disfrutar
luego mejor de nuestro paseo vespertino con Dios. El jardín de
Dios no es el desierto, sino la calle, la playa, la familia, el
mundo del trabajo, el mundo de la sociedad. Dios se siente mejor
estando con nosotros. Y cuando sale a pasear y no nos encuentra, porque hemos huido o nos hemos escondido, él nos hará “sentir el ruido de sus pisadas”, y el grito de su voz que clama: “¿dónde estás?” Por mucho que juguemos al escondite, él dará con nosotros. Podremos escondernos.
Pero no podremos dejar de escuchar que él pregunta por nosotros. La cultura modernista, a partir de Nietsche, ha pretendido eliminar a Dios, como el gran peligro del hombre y de su libertad. ¿Y existe mayor libertad que pasearse tranquilamente al caer de la tarde por el jardín de la vida?
Juan Jáuregui Castelo
Publicado en el Blog "Espacio para el espíritu"
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