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La fiesta de Pentecostés está encuadrada en la pascua, más aún,
es la culminación de todo el tiempo pascual. Las primeras
comunidades tenían claro que todo lo que estaba pasando en ellas
era obra del Espíritu. Todo lo que había realizado el Espíritu
en Jesús, lo estaba realizando ahora en cada uno de ellos. Todo
esto queda reflejado en la idea de Pentecostés. Es el símbolo de
la acción espectacular de Espíritu a través de Jesús.
También para cada uno de nosotros, celebrar la Pascua significa
descubrir la presencia en nosotros del Espíritu, que debe llevar
a cabo la misma obra que en Jesús y en los primeros cristianos.
Ninguno de los aspectos pascuales debemos considerarlos como
acontecimientos históricos ocurridos en Jesús. Todos ellos
expresan realidades que no pueden ser objeto de historia, sino
solo de fe. No son fenómenos constatables por los sentidos; son
realidades de otro plano y por lo tanto no pueden ser percibidas
por nuestros sentidos.
Si las descubrimos y vivimos, sus efectos sí son históricos en
nosotros. Cuando empleamos conceptos y palabras, únicamente
adecuadas para expresar realidades terrenas, empieza el
conflicto. Ni podemos expresarlas bien ni pueden ser objeto de
nuestro conocimiento racional. A estas verdades solo se puede
acceder por la experiencia interior.
Creo que todos admitiréis la extrema dificultad que supone
ponernos a hablar del Espíritu Santo. Es como querer sujetar el
viento o congelar la vida en una imagen. ¡No hay manera! De
todas formas, siempre que hablamos de Dios, hablamos del
Espíritu, porque Dios es Espíritu.
Pentecostés era una fiesta judía que conmemoraba la alianza del
Sinaí (Ley), y que se celebraba a los cincuenta días de la
Pascua. Nosotros celebramos hoy la venida del Espíritu, también
a los cincuenta días de la Pascua. Queremos significar con ello
que el fundamento de la nueva comunidad no es la "Ley" sino el
"Espíritu".
Tanto el "ruah" hebreo como el "pneuma" griego, significan, en
primer lugar, viento. La raíz de esta palabra en todas las
lenguas semíticas es rwh que significa el espacio atmosférico
existente entre el cielo y la tierra, que puede estar en calma o
en movimiento. Significaría el ambiente vital del que los seres
vivos beben la vida.
En estas culturas el signo de vida era la respiración. Ruah vino
a significar soplo vital. Cuando Dios modela al hombre de barro,
le sopla en la nariz el hálito de vida. En el evangelio que
hemos leído hoy, Jesús exhala su aliento para comunicar el
Espíritu.
Para ellos todos los seres participaban de la vida. La misma
tierra era concebida como un ser vivo, el viento era su
respiración. Su comparación con la vida, sigue siendo el mejor
camino para intentar comprender lo que significa "Espíritu"; No
sabemos qué es la vida, pero vivimos.
No es tan corriente como suele creerse el uso específicamente
teológico del término "ruah" (espíritu). Solamente en 20 pasajes
de las 389 veces que aparece en el AT, podemos encontrar este
sentido.
En los textos más antiguos se habla del espíritu de Dios que
capacita puntualmente a alguna persona, para llevar a cabo una
misión concreta que salva al pueblo de algún peligro. Con la
monarquía el Espíritu se convierte en un don permanente para el
monarca (ungido). De aquí se pasa a hablar del Mesías como
portador del Espíritu. Solo después del exilio, se habla también
del don del espíritu a todo el pueblo.
En el NT, "espíritu" tiene un significado fluctuante, hasta
cierto punto, todavía judío. El mismo término "ruah" se presta a
asumir un significado figurado o simbólico. Solamente en algunos
textos de Juan parece tener el significado de una persona
distinta de Dios o de Jesús. "Os mandaré otro consolador."
El NT no determina con precisión la relación de la obra
salvífica de Jesús con la obra del Espíritu Santo No está claro
si el Pneuma es una entidad personal o no. Jesús nace del
Espíritu Santo, baja sobre él en el bautismo, es conducido por
él al desierto, etc. A pesar de todo, no podemos pensar en un
Jesús teledirigido por otra entidad desde fuera de él.
Según el NT, Cristo y el Espíritu desempeñan evidentemente la
misma función. Dios es llamado Pneuma; y el mismo Cristo en
algunas ocasiones. En unos relatos lo promete, en otros lo
comunica. Unas veces les dice que la fuerza del Espíritu Santo
está siempre con ellos, en otros dice que no les dejará
desamparados, que él mismo estará siempre con ellos.
Hoy sabemos que el Espíritu Santo no es más que el mismo Dios
bajo el aspecto de energía, fuerza, motor de toda Vida. Por lo
tanto, forma parte de nosotros mismos y no tiene que venir de
ninguna parte. Está en mí, antes de que yo mismo empezara a
existir. Es el fundamento de mi ser y la causa de todas mis
posibilidades de crecer en el orden espiritual. Nada puedo hacer
sin él y nunca estaré privado de su presencia.
Ni siquiera es necesario el calificativo de Santo, porque eso
supone que hay espíritus malignos, y esto para nosotros no tiene
mucho sentido. Todas las oraciones encaminadas a pedir la venida
del Espíritu, nacen de una ignorancia de lo que queremos
significar con ese término. Lo que tenemos que hacer es tomar
conciencia de su presencia y dejarle actuar en nosotros.
Está siempre en nosotros, pero no somos conscientes de ello y
como Dios no puede violentar ninguna naturaleza, en realidad es
como si no existiera para nosotros. Un ejemplo puede ilustrar
esta idea. En una semilla, hay vida, pero en estado latente. Si
no coloco la bellota en unas condiciones adecuadas, nunca se
convertirá en un roble. Para que la vida que hay en ella se
desarrolle, necesita una tierra, una humedad y una temperatura
adecuada. Pero una vez que se encuentra en las condiciones
adecuadas, es ella la que germina; es ella la que, desde dentro,
desarrolla el árbol que llevaba en potencia.
Dios (Espíritu) es el mismo en todos y tiene que empujar hacia
la misma meta. Pero como cada uno está en un "lugar" diferente,
y a veces muy diverso, el camino que nos obliga a recorrer, será
siempre distinto. Son pues los caminos los que distinguen a los
que se dejan mover por el Espíritu, y no la meta hacia la que se
dirigen. El labrador, el médico, el sacerdote tienen que tener
el mismo objetivo vital si están movidos por el mismo Espíritu.
Pero su tarea es completamente diferente.
¿Cuál es la meta a la que empuja el Espíritu? Este es el nudo
gordiano de la cuestión. Una mayor humanidad es la manifestación
de esa presencia del Espíritu. La mayor preocupación por los
demás, es la mejor muestra de que uno se está dejando llevar por
él. En cualquier persona que manifieste amor está el Espíritu.
Si Dios está en cada uno de nosotros a través del ser, está
total y absolutamente como lo que es, simple y a la vez,
absoluto. No hay manera de imaginar que pueda estar más en uno
que en otro. En toda criatura se ha derramado todo el Espíritu.
En la posesión del Espíritu, no hay diferencia entre el
campesino, el maestro, el sacerdote o el obispo. Esgrimir el
Espíritu como garantía de autoridad, es la mejor prueba de que
uno no se ha enterado de lo que tiene dentro. Porque tiene la
fuerza del Espíritu, el campesino será responsable y solícito en
su trabajo y con su familia. En nombre del mismo Espíritu, el
obispo desempeñará las tareas propias de su cargo.
Siempre que queremos imponernos a los demás con cualquier clase
de violencia, incluida la pretensión de hablar en nombre de
Dios, estamos dejándonos llevar, no del Espíritu, sino de
nuestro espíritu raquítico.
La presencia de Dios en nosotros, nos mueve a parecernos a Él.
Pero si tenemos una falsa idea de Dios, nos metemos por un
callejón sin salida. Con una idea de Dios que es poder, señorío
y mando, que premia y castiga, intentaremos repetir esas
cualidades en nosotros en nombre de Dios.
El intento de ser como Dios en el relato de la torre de Babel,
queda contrarrestado en este relato que nos habla de reunir y
unificar lo que era diverso. El único lenguaje que todo el mundo
entiende es el amor. Si descubrimos el Dios de Jesús que es amor
y don total, intentaremos repetir en nosotros ese Dios, amando,
reconciliando y sirviendo a los demás.
Esta es la diferencia abismal entre seguir al Espíritu del que
nos habla el evangelio, o seguir lo que nos dicta nuestro propio
espíritu en nombre de un falso dios. Todas las religiones han
caído en esta trampa.
Dios llega a nosotros desde lo hondo del ser, y acomodándose
totalmente a la manera de ser de cada uno. Por eso la presencia
del Espíritu nunca lleva a la uniformidad, sino que potencia la
pluralidad. Pablo lo vio con claridad meridiana: formamos un
solo cuerpo, pero cada uno es un miembro con una función
diferente e igualmente útil para el todo.
Si no tenemos esto en cuenta, caeremos en la trampa de hacer
clones en vez de personas. Esa uniformidad pretendida por los
superiores en nombre del Espíritu, no tiene nada de evangélica,
porque, lo que se intenta es que todos piensen y actúen como el
superior. Si todos tocaran el mismo instrumento y la misma nota,
no habría nunca sinfonía. Sólo la armonía de muchos sonidos
diferentes nos lleva a disfrutar de la música.
Meditación-contemplación
El Espíritu es la clave de la VIDA.
Mi verdadero se es lo que hay de Dios en mí.
Dios en mí está como Espíritu que se me da.
Es el único y total Don de Dios a cada criatura.
Desde nuestro ser aparente (lo que creemos ser),
debemos dar el salto a nuestra verdadera realidad.
Desde la parte reflejada del espejo,
tenemos que dar el salto al ser reflejado.
Mi verdadero ser y el ser de Dios no son dos realidades
separadas
aunque yo sigo siendo yo y Dios sigue siendo Dios.
Para la razón es algo incomprensible.
Para el místico es la cosa más simple del mundo.
¡Inténtalo!
Fray Marcos
Publicado en: FE ADULTA
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