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Nos va a costar Dios y ayuda (nunca mejor dicho) superar la
visión física, corpórea y chata de la Ascensión, que venimos
aceptando durante demasiados siglos. Sin embargo, hoy tenemos
conocimientos suficientes para intentar una interpretación más
acorde con el mensaje del NT. No podemos seguir pensando en un
Jesús subiendo físicamente más allá de las nubes.
Esto no quiere decir que hoy lo podemos entender y explicar
totalmente, pero por lo menos, debemos intentar acercarnos un
poco al sentido que tuvieron para los primeros cristianos estos
relatos. Ya dice un proverbio oriental: No hace falta que
alcances la verdad, basta con que salgas de tus errores.
De los evangelistas, solo Lucas nos dice que “se separó de ellos
y fue elevado al cielo”. También al comienzo de los Hechos nos
cuenta, incluso con más detalles, la ascensión. Los demás
evangelistas no dicen nada. El final canónico de Marcos, que
hemos leído este domingo, ya sabéis que fue añadido a mediados
del s. II. Un acontecimiento tan admirable, de haber sido
histórico, lo hubieran narrado todos.
Lo que hace Lucas es emplear los medios literarios que tenía a
su alcance para trasmitirnos una verdad de fe. La falta de
originalidad de los relatos indica la nula credibilidad
histórica de lo narrado. En efecto, los raptos eran clásicos en
la literatura antigua. Tito Livio, en su obra ‘histórica sobre
Rómulo’, dice:
“Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los
muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe
una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube.
Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la
tierra; había sido arrebatado al cielo. El pueblo al principio
quedó perplejo; después comenzó a venerar a Rómulo como nuevo
dios y como padre de la ciudad de Roma”.
También se narran otras ascensiones, por ejemplo, las de
Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todas
siguen el mismo esquema.
El AT cuenta el rapto de Elías descrito por su discípulo Eliseo.
También se habla de la ascensión de Henoc en Gen 5, 24.
El libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero
después de Cristo, describe la «ascensión de Henoc»:
“Después de haber
hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad
sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban
con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo
llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y
lo colocó ante su rostro para siempre. Desapareció la
oscuridad de la tierra y se hizo la luz. El pueblo asistió a
todo pero no entendió cómo había sido arrebatado Henoc al
cielo. Alabaron a Dios y volvieron a casa los que tales
cosas habían presenciado”.
La palabra “cielo” es una de las más utilizadas en la Biblia.
Todavía hoy la repetimos dos veces en el Padrenuestro, dos en el
Gloria y tres en el credo. Su amplia gama de significados se
arrastra desde la cultura griega y de todo el Oriente Medio.
Simplificando mucho hay que tener en cuenta dos vertientes:
aspecto físico astronómico y el aspecto teológico.
La complejidad de las concepciones del mundo físico en aquella
época, está a la altura de los innumerables matices que podemos
encontrar en el “cielo” teológico. No siempre es fácil dilucidar
qué sentido se quiere dar a la palabra en cada caso.
En el bautismo de Jesús, el cielo se rasgó y quedó abierto para
siempre. Desde entonces, donde está Jesús está el cielo. Cuando
termina su ciclo humano, Jesús vuelve a traspasar el límite de
lo humano, para entrar definitivamente en el ámbito de lo
divino.
Para poder entender la fiesta de la Ascensión, debemos volver al
tema central de Pascua. Solo desde esa perspectiva general
podremos comprender adecuadamente lo que estamos celebrando este
domingo. La Ascensión no es más que un aspecto de la cristología
pascual. Hasta el s. IV no se celebra una fiesta de la
Ascensión.
Resurrección, Ascensión, glorificación, Pentecostés,
constituyen una sola realidad, que está fuera del alcance de los
sentidos. Esto no quiere decir que sea una realidad inventada.
Esa realidad no temporal, no localizable, es la más importante
para la primera comunidad cristiana, y es la que hay que tratar
de descubrir. Para ello tenemos que superar una cosmovisión
caduca, y una concepción del triunfo y de la gloria, que no está
de acuerdo con el mensaje evangélico.
Por no ser realidades sujetas al tiempo, pertenecen al hoy como
al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. Están sucediendo
en este instante. Son realidades que están afectando hoy a
nuestra propia vida. Puedo vivirlas como las vivieron los
primeros cristianos.
El hombre Jesús se transforma definitivamente, alcanzando la
meta suprema. Se hace una sola realidad con Dios.
Nosotros necesitamos desglosar esa realidad única para intentar
penetrar en su misterio, analizando los distintos aspectos que
la integran.
Un dato muy interesante que nos proporciona la exégesis, es que
las más antiguas expresiones de la experiencia pascual que han
llegado hasta nosotros, sobre todo en escritos de Pablo, están
formuladas en términos de exaltación y glorificación, no
con la idea de resurrección. En el AT encontramos abundantes
textos que hablan del siervo doliente, machacado por los
hombres, pero reivindicado por Dios. Esta podría ser la base
de la idea de glorificación con la que se quiso expresar la
experiencia pascual.
La Ascensión quiere manifestar que el triunfo de Jesús fue
total, que llegó a lo más alto. Nos está diciendo, que el
hombre Jesús se integró de tal modo en Dios, que formará siempre
parte de la misma divinidad. Cuando lo entendemos como una
ascensión física, estamos tergiversando el sentido original de
los términos y entramos en un callejón sin salida.
La verdadera ascensión de Jesús empezó en el pesebre y terminó
en la cruz cuando exclamó: "consumatum est" (todo está
cumplido). Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus
posibilidades de crecer, de elevarse sobre sí mismo. Después de
ese paso, todo es como un chispazo instantáneo que dura toda la
eternidad. Pero había llegado a la meta, a la plenitud total en
Dios, precisamente por haberse despegado (muerto) de todo lo
que en él era caduco, transitorio, terreno. Solo permaneció de
él lo que había de Dios y por tanto se identificó con Dios
totalmente, divinamente. Esa es también nuestra meta. El camino
también es el mismo que recorrió Jesús: despegarnos de nuestro
ego.
La experiencia pascual, consistió en ver a Jesús de una manera
nueva. El haber vivido con él, el haber escuchado lo que decía y
visto lo que hacía, no les llevó a la comprensión de su
verdadero ser. Estaban demasiado pegados a lo externo, y lo que
hay de Divino en Jesús no puede entrar por los sentidos, ni ser
fruto de la razón. Su desaparición física les obligó a mirar
dentro de sí, y descubrir allí lo mismo que había vivido Jesús.
Entonces ven al verdadero Jesús, el que vive y les sigue dando
vida.
Nosotros hoy estamos apegados a una imagen terrena de Jesús que
también nos impide descubrir su verdadero ser. Debemos ir más
allá de todo lo que sabemos sobre Jesús y tratar de descubrirlo
dentro de nosotros.
Esa vivencia no puede venir de fuera, sino de lo más íntimo de
nosotros mismos. Por eso decía Pablo en la segunda lectura:
"Que el Dios
de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os
dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerle;
ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis
cuál es la riqueza..."
No se pide ciencia, sino Sabiduría. No pide que nos ilumine los
ojos del cuerpo ni de la mente, sino los del corazón... Todo lo
que podamos aprender sobre Dios y Jesús, nunca podrá suplir la
experiencia interior.
Debemos tener en cuenta que todos estos relatos teológicos
tienen una finalidad catequética. Están elaborados para que
nosotros entremos en la dinámica de Cristo. No se nos proponen
para que admiremos su figura, ni siquiera para que nos sintamos
atraídos por ella, sino para que repitamos su misma vivencia.
"El padre que vive..." En él debemos descubrir las posibilidades
que todo ser humano tiene de llegar a lo más alto del “cielo”.
La verdadera salvación del hombre no está en que los libren del
pecado, sino en alcanzar la plenitud a la que estamos llamados
todos. Esta verdad, es la base de toda salvación.
En ninguno de los relatos, se ha podido desligar la ascensión de
la misión. Esto es muy significativo, porque nos lleva a un
planteamiento realista y con los pies en la tierra. El fin del
periplo humano de Jesús da paso al comienzo de la nueva
comunidad. Solo quien se pone a trabajar para dar a conocer a
Jesús ha entendido correctamente su mensaje.
Podemos considerar la Ascensión como el final de una etapa en la
que los discípulos tuvieron una experiencia singular y única de
la resurrección. Sería el momento en que los primeros cristianos
dejan de mirar al cielo y empiezan la tarea de llevar esa
experiencia a todos los hombres. Dejan de mirar hacia el cielo y
comienzan a mirar a la tierra.
Recordemos que los cuarenta días, no es una medida cronológica.
Se trata de un tiempo simbólico (cairos) que da paso al
desarrollo de la nueva comunidad.
Meditación-contemplación
Jesús nos ha marcado el camino de la verdadera plenitud humana.
Durante todo el año litúrgico vamos examinando los pasos que
dio.
Hoy nos fijamos en la meta a la que llegó,
que es, al mismo tiempo, el punto del que partió.
Si creemos que nuestro objetivo es alcanzar la misma meta,
está claro que tenemos que caminar en la misma dirección.
Todos hemos salido del Padre y hemos llegado al mundo.
Todos tenemos que dejar el mundo y volver al Padre.
Ese Padre sigue en lo más hondo de nuestro ser
y allí tenemos que penetrar para encontrarlo.
Si me empeño en buscarlo en otra parte,
me encontraré con un dios a mi medida, pero falso.
Fray Marcos
Publicado en: FE ADULTA
http://feadulta.com/Ev-MR_B_29-asc.htm
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