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Ante el modo de
enseñar de Jesús, la gente quedaba “asombrada”. Y el autor del
evangelio lo atribuye al hecho de que “enseñaba, no como los
letrados, sino con autoridad”.
Generalmente, la gente queda asombrada cuando el mensaje que oye
le suena a “nuevo” y, al mismo tiempo, encuentra “eco” en su
interior. Y eso ocurre porque quien habla “conecta” con la
realidad que, aunque quizás dormida, habita ya en los oyentes.
Si no hay novedad, no es fácil que se produzca asombro; la
rutina provoca sólo, según los casos, sueño, autosatisfacción o
enardecimiento (cuando los eslóganes conocidos fomentan el
fanatismo).
Pero si es sólo “novedad”, el asombro será superficial y pasará
tan rápidamente como llegó. Y ése no parece que fue el caso de
Jesús. La gente que lo escucha queda “asombrada”, porque se ha
sentido “tocada” por lo que dice el maestro: éste ha sabido
“poner palabras” a lo que ellos ya sentían o intuían, aun sin
haberlo hecho consciente.
A este modo de hablar, Marcos lo llama “enseñar con autoridad”.
“Autoridad” es lo opuesto a imposición. Del latín “augere”,
significa “aumentar” y, en cierto sentido, aupar.
Más allá de los términos, cuyo valor es siempre limitado, en
sociología suele distinguirse entre “autoridad” y “poder”: este
último se basa en la fuerza; aquélla, en el carisma personal o
en el reconocimiento merecido por el propio comportamiento. Uno
busca la sumisión; la otra no tiene más objetivo que el bien de
la persona y su crecimiento.
Ante el poder, el oyente puede sentir miedo; ante la autoridad,
confianza y ánimo.
El propio evangelista contrapone el modo de enseñar de Jesús con
el de los letrados. Estos eran los “teólogos oficiales” del
judaísmo. Al parecer, su enseñanza no provocaba asombro.
Probablemente, lo que hacían era repetir las palabras de la
Torah y las interpretaciones recibidas de doctores anteriores a
ellos.
Eso es un ejercicio de erudición, que suele dejar fríos los
corazones de los oyentes. Se transmite doctrina, pero no hay
vida; no se sale de la ortodoxia, pero falta experiencia
personal de lo que se habla y “novedad” que nace de la hondura.
Los “letrados” de todos los tiempos y latitudes tienden a
ofrecer “doctrina enlatada”, a la que asienten cansinamente los
fieles, pero que no aporta nada nuevo. Suele ser un recitado de
conceptos aprendidos, adornados con opiniones de letrados
anteriores o de superiores jerárquicos, como si la falta de
experiencia de lo que se dice se quisiera compensar con la
multitud de citas de otras “autoridades”.
En un trabajo reciente, el teólogo jesuita Aloysius Pieris
afirma que el enfoque escolástico, para hablar de la
espiritualidad, no es más que la propia timidez escondiéndose
tras la autoridad de fuentes secundarias. Y comenta que Ignacio
de Loyola se lamentaba de que el estudio de la teología
escolástica había secado su corazón, por lo que recomendaba el
estudio de la teología positiva o afectiva de los Padres de la
Iglesia.
En cualquier caso, el verdadero maestro habla de lo que ha visto
y experimentado. Por eso, se atreve a hacerlo en primera
persona. Ha pasado por un proceso en el que ha experimentado la
prueba, aprendiendo a “poner nombre” a lo que iba viviendo.
En ese recorrido, ha sido llevado a honduras que, sin
pretenderlo, le permiten conectar con las vivencias más
profundas de las personas que, a su vez, se sienten reconocidas
y “leídas” en su interior. Es comprensible: en lo hondo, todos
estamos ya conectados; como los islotes que aparecen separados
en la superficie, pero que en realidad comparten la misma tierra
común en niveles subterráneos; como los pozos que vemos
igualmente separados, pero que no son sino portadores de la
misma agua que, subterráneamente, los “une” a todos.
Javier Melloni habla de las “tres etapas” por las que
pasan las religiones:
-
a
chamánica,
-
la sacerdotal y
-
la de sabiduría.
La primera está
caracterizada por la novedad, que aporta el “iniciador”
de la misma. La segunda, por la repetición que busca
conservar lo recibido: es la tarea del clero. La tercera,
finalmente, por la interiorización del mensaje, que hace
superflua tanto la rigidez de la etapa anterior como el rol del
“clero” como una clase separada.
Según este esquema, parece claro que en la segunda de esas
etapas no puede haber novedad; más aún, todo lo que suene a
nuevo será visto como peligroso y, con frecuencia, perseguido.
La prioridad, en esa etapa, consiste precisamente en no alterar
nada de lo recibido de la tradición anterior.
Indudablemente, esta rigidez otorga seguridad –“siempre se ha
hecho así”-, a la vez que poder a la clase sacerdotal, encargada
de la vigilancia doctrinal u ortodoxia. Pero conlleva el riesgo
de esclerotizarse, alejándose cada vez más de la vida y de las
preocupaciones de las personas.
El contraste, por tanto, es patente: el maestro espiritual –en
nuestro caso, Jesús- es alguien que crea algo nuevo; la clase
sacerdotal, por el contrario –incluso siendo sucesora de ese
mismo maestro-, busca por encima de todo conservar. El mensaje
de ésta tiende a ser, por su propio papel, reiterativo y
rutinario; el del maestro, sin embargo, por más veces que se le
escuche, siempre sabe a nuevo.
Se comprende también que, precisamente por enseñar algo “nuevo”,
Jesús fuera acusado de “blasfemo” por la autoridad sacerdotal,
que no cejó hasta conseguir que fuera ejecutado.
Parece que nos encontramos en un momento en el que podemos
superar la segunda etapa –de la rigidez doctrinal-, gracias a la
interiorización del mensaje de Jesús. Si lo hacemos,
conectaremos con aquella misma novedad del maestro –expresada
hoy, lógicamente, en nuestro propio lenguaje o “idioma
cultural”-, y podremos llevar algo de luz y de calor a tanta
gente que busca, porque se sentirá “alcanzada” en su corazón.
Esto requiere que, siguiendo a nuestro “maestro interior”,
pasemos por la experiencia, recorriendo nuestro propio camino
espiritual. Ese camino nos conducirá más y más a nuestro
“centro”, ese centro que compartimos con todos los seres. Por
eso, cuando hablemos desde él, notaremos vibrar los corazones de
quienes nos escuchan.
El evangelista escenifica el “enseñar con autoridad” de Jesús en
un relato de exorcismo. Más allá de las explicaciones que se
puedan dar de este fenómeno (he intentado resumirlas en el libro
Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del
evangelio de Marcos, Desclée de Brouwer, Bilbao 2011, pp.
57-58), parece claro que “habla con autoridad” quien es capaz de
domeñar sus propios “demonios interiores”, todo aquello que
tiende a arrebatarnos la libertad interior: nuestros miedos,
necesidades, mecanismos o funcionamientos que nacen del ego y
giran en torno a él.
Por eso, “hablar con autoridad” implica una desapropiación del
propio ego. Y así comprendemos las tres características básicas
de un maestro espiritual: la experiencia personal, la humildad y
la coherencia o integridad. Tres rasgos que caracterizaron
también al maestro de Nazaret, tal como se recoge en los textos:
• “Doy
testimonio de lo que he visto” (Juan 3,32).
• “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de
corazón” (Mateo 11,29).
• “Sabemos que eres sincero… y muestras con verdad el
camino” (Marcos 12,14).
Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com
Publicado en: Fe Adulta
http://feadulta.com/Ev-EML_149_B_11_TO4.htm
4m
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