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En la primera lectura
(Dt 18,15-20), Moisés, después de convencer a los israelitas de
que Dios les hablaba desde la formidable tormenta del Sinaí, con
voz de trueno y les miraba con los ojos encendidos del rayo, les
promete que no va a meterles más miedo. Pero eso sólo será
posible si prometen hacerle caso a él y a los profetas. Les
habla de una figura profética que liberaría de verdad al pueblo,
como el mismo Moisés lo había liberado de Egipto.
Los primeros cristianos vieron en Jesús a ese profeta. Era la
figura tantas veces anunciada y siempre esperada por el pueblo
de Israel. Esa identificación garantiza que las palabras de
Jesús son las palabras de Dios. Esta es la clave para
interpretar todo el mensaje del evangelio de Marcos. Hablará con
la autoridad propia del mismo Dios. Sus palabras tendrán la
fuerza creadora y sus acciones serán liberadoras como las
acciones del mismo Dios.
Pablo (1Cor 7,32-35), con una visión de Dios muy cercana a la
del “Jupiter tonante” del Sinaí, llega a la conclusión de que
preocuparse del marido, o de la mujer o de los hijos, es
alejarse de Dios.
El Dios de Jesús es muy distinto. El mensaje de Jesús nos dice
que a Dios sólo se puede ir a través del hombre. Buscar a Dios
prescindiendo del prójimo es idolatría. Creer que el tiempo
dedicado a las personas es tiempo negado a Dios es una trampa.
CONTEXTO
Estamos en el primer día de actividad de Jesús. Su primer
contacto con la gente tiene lugar en la sinagoga. Es un signo de
que la primera intención de Jesús fue enderezar la religiosidad
del pueblo que había sido tergiversada por una interpretación
opresora de la Ley.
Por dos veces en el relato se hace referencia a la enseñanza de
Jesús, pero no se dice nada de lo que enseña. Se habla de la
obra. Lo que Jesús hace es liberar a un hombre de un poder
opresor, el espíritu inmundo (contrario al espíritu santo). La
clave es que Jesús libera, cuando habla y cuando actúa.
La buena noticia que anuncia Marcos es la liberación, en dos
direcciones: de las fuerzas del mal (espíritu inmundo); y de la
fuerza opresora de la Ley, explicada de una manera alienante por
los fariseos y letrados (no como los letrados).
La intención de Marcos es que la gente se haga la pregunta
clave: ¿Quien es Jesús? Lo que acabamos de leer y todo lo que
sigue en este evangelio, será la respuesta.
EXPLICACIÓN
En el evangelio el acercamiento a Jesús produce asombro. Si
hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la buena nueva
de Jesús, es que no lo hemos descubierto de verdad. En el
evangelio, la admiración de la gente va en dos direcciones. Por
una parte se asombran de su enseñanza y por otra, quedan
estupefactos al ver la curación del hombre. En Jesús, la
predicación y la acción son inseparables.
“Les enseñaba como quien tiene autoridad”. Hoy la palabra
clave es “exousia”. No es nada fácil penetrar en el verdadero
significado de este término.
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Lo primero que
deberíamos hacer es distinguirlo de “dynamis”. Esta
distinción es relativamente fácil: “Dynamis” sería la fuerza
bruta que se impone a otra fuerza física. “Exousía” sería la
capacidad de hacer algo en el orden jurídico, político,
social o moral, siempre en un ámbito interpersonal.
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La palabra griega
significa, además de autoridad, facultad para hacer algo,
libertad para obrar de una manera determinada.
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Otra
característica de la “exousía” es que la persona la puede
tener por sí misma o recibirla de otro que se la otorga.
Dando esto por
supuesto, todavía nos queda mucho para saber, en concreto, qué
quiere decir el evangelista cuando le aplica a Jesús esa
“autoridad”. Se trata de una autoridad que no se impone, de una
potestad que se manifiesta en la entrega, de una facultad de
acción que se pone al servicio de los demás.
Sería la misma autoridad de Dios dándose a todas sus criaturas
sin necesitar nada de ninguna de ellas. El concepto de Dios
“todopoderoso” que exige un sometimiento absoluto, nos impide
entender la exousía de Jesús. Sólo desde la experiencia del
Dios-Amor de Jesús podremos entenderla.
Jesús enseñaba con autoridad, porque no hablaba de oídas, sino
de su experiencia interior. Trataba de comunicar a los demás sus
descubri¬mientos sobre Dios y sobre el hombre.
Los letrados del tiempo de Jesús (y los letrados de todos los
tiempos) enseñaban lo que habían aprendido en las Escrituras. De
todas ellas tenían un conocimiento perfecto, y tenían
explicaciones para todo, pero el objetivo de la enseñanza era la
misma Ley, no el bien del hombre. Se quería hacer ver que el
objetivo de Dios al exigir los preceptos, era que le dieran
gloria a Él, no la plenitud del mismo ser humano.
Lo que dejó atónitos a los oyentes de Jesús fue el ver que su
enseñanza no era así, sino que hablaba con la mayor sencillez de
las cosas de Dios tal como él las vivía. Su experiencia le decía
que lo único que Dios quería, era el bien del hombre. Que Dios
no pretendía nada del ser humano, sino que se ponía al servicio
del hombre sin esperar nada a cambio.
Esta manera de ver a Dios y la Ley no tenía nada que ver con lo
que los rabinos enseñaban. Todos los problemas que tuvo Jesús
con las autorida¬des religiosas se debieron a esto. Todos los
problemas que tienen los místicos y profetas de todos los
tiempos con la autoridad jerárquica responden al mismo
planteamiento.
Jesús se decanta por el hombre que resulta liberado del dios
araña que intenta chuparle la sangre. Naturalmente si Dios no es
exigente, si Dios no quiere nada para sí, ¿en nombre de quién
pueden exigir tantos sacrificios sus representantes?
Cállate y sal de él. La expulsión del “espíritu inmundo”
refleja desde el principio, el planteamiento del evangelio como
una lucha entre el poder del bien y el poder del mal. Bien
entendido que “mal” es toda clase de esclavitud que impide al
hombre ser él mismo.
Nadie se asombra del “exorcismo”, que era corriente en aquella
época. Lo que les llama la atención es la superioridad que
manifiesta Jesús al hacerlo, demostrando así quién es. Jesús no
pronuncia fórmulas mágicas ni hace ningún signo estrafalario.
Simplemente con la autoridad de su palabra obra la curación.
APLICACIÓN
Hablar con autoridad hoy sería hablar desde la experiencia
personal y no de oídas. Lo único que hacemos, también hoy, es
aprender de memoria una doctrina y unas normas morales, que
después trasmitimos como papagayos, como se trasmite la lista de
los reyes godos. Eso es lo que no funciona.
En religión, la única manera válida de enseñar es la vivencia
que se trasmite por ósmosis, no por aprendizaje. Esta es la
causa de que nuestra religión sea hoy completamente artificial y
vacía, que no nos compromete a nada porque la hemos vaciado de
todo contenido vivencial.
“Espíritu inmundo” sería hoy todo lo que impide una
auténtica relación con Dios y con los demás. Fijaros hasta qué
punto estamos todos poseídos por espíritu inmundo. Esas fuerzas
las encontramos tanto en nuestro interior como en el exterior.
Nunca, a través de la historia, ha habido tantas ofertas falsas
de salvación.
Una de las tareas más acuciantes del ser humano, es descubrir
sus propios demonios; porque sólo cuando se desenmascara esa
fuerza maléfica, se estará en condiciones de superarla. Con esta
perspectiva veremos que la tarea fundamental de Jesús es librar
al hombre del maligno.
Una importante tarea en esta liturgia, sería descubrir nuestras
ataduras y tratar de desembarazarnos de ellas. Todos estamos
poseídos por fuerzas que no nos dejan ser lo que desearíamos
ser. Hoy sigue habiendo mucho diablo suelto que tratan por todos
los medios de que el hombre no alcance su plenitud. La manera de
conseguirlo es la manipulación para que no consiga alcanzar
libremente su plena humanidad.
Toda nuestra vida debería ser un acopio de autoridad para ayudar
al hombre a liberarse de todos sus demonios. Jesús emplea su
autoridad, no contra los hombres, sino contra las fuerzas que
los oprimen. ¡Qué ejemplo para imitar si de verdad queremos ser
cristianos!
Como individuos, como comunidad y como Iglesia, estamos siempre
tratando de aumentar nuestra “autoridad”. Pero, ¿para qué? Si
intentamos estar por encima de los demás para someterlos a
nuestro capricho, aunque sea bajo pretexto de hacer la voluntad
de Dios o de buscar el bien de los demás, estamos en la antípoda
del evangelio.
Como Jesús, tenemos que luchar a brazo partido contra todas las
fuerzas que oprimen al hombre y no le dejan desarrollar su
verdadero ser.
En el evangelio de Marcos, Jesús deja muy claro, desde el primer
día, que los enemigos del hombre son los únicos enemigos de
Dios. Un dios que exige al hombre sacrificarse por él, no es el
Dios de Jesús. La gloria de Dios y el bien del hombre, son una
misma realidad, mejor dicho son la única realidad.
La teología, la liturgia, todas las normas morales tienen que
tener como fin ayudar al hombre a ser él mismo. “El sábado está
hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. El defender
este principio le costó la vida a Jesús.
Meditación-contemplación
La “autoridad” de la que nos habla hoy el evangelio,
es la única que viene de Dios.
Toda autoridad que se ejerce desde el poder,
y más que ninguna otra la religiosa, viene del diablo.
Todos debemos desplegar la autoridad que Dios nos concede.
La autoridad que da el saber que Dios está en lo hondo de tu
ser.
La absoluta confianza de saber que tienes capacidad
para amar como Él ama y liberar como Él libera.
Tu tarea primera como ser humano,
es liberarte de todo lo que te impide ser humano.
La segunda, es ayudar a los demás a liberarse
de todos los demonios que andan por ahí sueltos.
Fray Marcos
Publicado en: Fe Adulta
http://feadulta.com/Ev-MR_B_11-TO4.htm
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