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La oración es una de las manifestaciones más originales,
universales y características del fenómeno humano. Su presencia
está vinculada a las diferentes manifestaciones de la tradición
religiosa.
Para justificar esta afirmación basta con referirse a los
escritos de todas las religiones y a las tradiciones de las
culturas de los pueblos sin tradición escrita. Podemos
advertirlo en ejemplos que nos vienen absolutamente de todo el
mundo. La razón de esta universalidad es doble: en primer lugar,
la universalidad de la religión en la historia de la humanidad.
En segundo lugar, la misma condición humana. Ya dijo santo Tomás
que orar es propio de la naturaleza racional.
La oración no sólo acompaña a la historia de la religión en
todas sus etapas, sino que ocupa un lugar central en todas
ellas, siendo su corazón y su aliento.
Naturaleza de la oración
Las definiciones de la oración son innumerables. La religión
basada en la orientación mística resalta la búsqueda mediante la
interiorización y la concentración del sujeto. Las religiones
que surgen en contextos de religiosidad profética aluden a la
elevación de la mente y del corazón a la persona de Dios o a
establecer con Él un diálogo a través de una relación de
fidelidad, confianza, amor y obediencia.
Dada su condición de “lugar de la articulación del fenómeno
religioso”, la naturaleza de la oración dependerá de la
estructura fundamental de ese fenómeno. Consiste en un sistema
de mediaciones al servicio de una actitud originaria y
enteramente peculiar del reconocimiento del Misterio. Por lo
tanto, la naturaleza y la peculiaridad de la relación
establecida por la oración dependerán de la condición propia de
la realidad con la que el orante entra en contacto. En nuestra
tradición, Dios mismo.
Es bien sabido que los nombres y las configuraciones a las que
se refiere la palabra “Dios” en las tradiciones teístas son muy
diferentes. Pero un estudio comparado de religiones y de
fenomenología religiosa nos ofrece unos trazos comunes de la
realidad a la que todas estas palabras y configuraciones se
refieren. Para configurar estas características los
fenomenólogos de la religión nos servimos de la categoría de
“Misterio”, cuyo significado se resume en esta sencilla fórmula:
“la Presencia de la más absoluta trascendencia en el fondo de lo
real y más íntimo de las personas”.
La oración y el “Misterio”
“Misterio” remite, en primer lugar, a una realidad absolutamente
trascendente para el hombre y su mundo, a Dios. En el mismo acto
de trascender, nosotros mismos conocemos mejor (o se nos insinúa
mejor) su presencia, llegamos a saber de Él y recibimos la
posibilidad, no de hacernos una idea sobre su naturaleza, pero
sí de cómo invocarlo.
Pero su absoluta trascendencia no aparta al misterio de Dios de
lo real, situándolo más allá de todo lo mundano, ya que,
precisamente por ser absolutamente trascendente, el Misterio
puede mantener una relación con todo lo existente, distinta de
la relación de alteridad que mantienen las distintas realidades
que componen el mundo creado.
Por ser totalmente otro, puede estar en el fondo de todo lo que
existe haciendo que sea y puede estar en el corazón de las
personas, llamándolas personalmente a la existencia.
San Agustín lo expresó de una forma insuperable cuando afirmó de
Dios que era: “interior intimo meo, superior summo meo” (más
íntimo que mi propia intimidad, y más elevado que lo más alto de
mí mismo).
El tercer término del que nos servimos para identificar la
realidad a la que se refieren las diferentes representaciones
religiosas del Misterio es el de “presencia”. Es probablemente
la más importante para entender lo que San Juan de la Cruz llama
la “condición divina” de Dios. “Presencia” es una palabra-
símbolo que no consiste en estar ante nosotros como posible
objeto de nuestras acciones, sino que nos remite a una manera de
estar en relación y a una influencia permanente más allá de toda
posibilidad de objetivación. Decir que el misterio es Presencia
simboliza que está en acto permanente de revelación de sí mismo,
dándose a nosotros, haciéndonos ser, vivir y actuar.
La “condición divina” de Dios requiere de aquellos que entran en
relación con Él una actitud totalmente peculiar: la actitud
religiosa fundamental que en el cristianismo se conoce como la
actitud teologal.
Tal actitud exige del sujeto un cambio radical. Si ante las
realidades mundanas el hombre se comporta como el sujeto de la
acción siendo él el centro alrededor del cual giran todos los
demás aspectos, la condición trascendente del Misterio requiere
un cambio radical para situarlo como centro, sujeto de
iniciativas, sujeto activo primordial de cualquier relación que
los humanos podamos mantener con El.
La relación religiosa pone de relieve que la condición humana
consiste en “estar escuchando a Dios”, “ser el oyente de su
palabra”, “los destinatarios de su amor”, “todo oídos para Dios”
(F. Rosenzsweig).
Sin embargo, conviene no olvidar que en esa relación religiosa
de trascenderse a sí mismo, el sujeto vive en una relación de
verdadero encuentro con el Misterio, que tiene su analogía más
perfecta en el encuentro interpersonal; un encuentro que, aunque
exige un descentramiento del sujeto (algo requerido por la
absoluta trascendencia del Misterio), no supone la eliminación
de éste. La dificultad fundamental en la descripción y, más
radicalmente, en la realización de la fe es la combinación de la
absoluta trascendencia de sus contenidos (sin la cual la
realidad con la que nos relacionamos no sería Dios) con la
posibilidad de entrar en relación con dicha realidad, de vivir
un encuentro personal con ella (sin la cual no existiría ni la
religión, ni la fe, ni la oración.
Oración y Presencia de Dios
En este contexto debe inscribirse toda comprensión y realización
de la práctica religiosa que llamamos oración. Por eso podemos
decir con razón que la oración en el cristianismo es puesta en
práctica y realización efectiva de la fe. El ejercicio de esta
actitud teologal genera una peculiar actitud fundamental y una
peculiar forma de existir que da lugar a la actitud orante.
Podría describirse como una advertencia amorosa de Dios, que
consistiría fundamentalmente en vivir la propia vida en la
presencia de Dios. Por eso insisten tanto los maestros
espirituales, como un primer paso en cualquier momento de
oración, en la necesidad de “ponerse en la presencia de Dios”.
Pero ¿cómo ejercitar ese “ponerse en presencia”, dada la
asimetría entre nuestra realidad mundana, corporal, finita, y la
“trascendencia- en-la-inmanencia” que nos convoca?
Muchos filósofos se hicieron eco de esta dificultad, viendo en
ella un obstáculo insalvable para la práctica de la oración. En
realidad, nuestra situación para la oración sería la de la
impotencia y la ignorancia más absolutas. Por nosotros mismos,
“no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). Somos incapaces de
orar. Pero la humanidad no ha estado ni estará nunca donada a sí
misma. Desde siempre ha sido y es “humanidad tocada de
divinidad” (S. Juan de la Cruz), el hombre ha sido siempre
hombre-de-Dios. De ahí que ninguna palabra humana sea la primera
palabra en la oración. Todas vienen precedidas por la palabra
creadora de la llamada a la existencia, por la palabra de esta
Presencia en el origen de nosotros mismos, que está en acto
permanente de revelación y de donación amorosa de sí mismo. La
palabra humana de la oración surge del silencio que, para el
hombre, representa el Misterio.
Pero ese silencio no lleva al orante a la mudez. Surgidas del
silencio que impone la conciencia de la trascendencia del
Misterio, todas las palabras humanas sobre Dios, las de la
teología y las de la oración, son irremediablemente
relativizadas.
Ninguna es suficiente: ni la más aquilatada por la reflexión
filosófica, ni la más depurada por la actitud orante está a la
altura de Dios a quien va dirigida. Pero, a la vez, todas las
palabras humanas que lo sean de verdad y surjan del hecho de
ponerse en la presencia divina, se tornan en medios que
posibilitan la encarnación, en la condición humana, del
reconocimiento de Dios. En realidad, la conciencia de la
absoluta trascendencia divina no hace enmudecer al verdadero
orante. Al contrario, sólo quien en la actitud orante de
confianza incondicional reconoce la absoluta trascendencia puede
confiar en las palabras más sencillas para expresar dicho
reconocimiento.
Podríamos concluir esta cuestión afirmando que la oración es la
palabra que expresa la relación vivida con el Misterio. Es el
intento humano, suscitado por Dios mismo, de reflejar su
Presencia. Es la forma de poner la propia vida, en las
situaciones por las que ésta transcurre, ante dicha Presencia,
en comunicación con ella, en dependencia de ella, en conformidad
con ella.
¿Escucha Dios nuestras oraciones?
Pero ¿llegan a Dios las palabras humanas? Porque la palabra
humana se dirige a otro siempre con la seguridad de que le
llegará. Y la oración, palabra más expresiva que enunciativa,
nunca es exclusivamente expresiva. El grito del que sufre se
hace oración cuando se dirige a Dios con la esperanza de que
llegue hasta Él y Dios lo acoja y lo escuche. Ahora bien, es un
hecho que, a menudo, nuestras oraciones se elevan hasta Dios y
tenemos la impresión de que no reciben respuesta alguna. “Cuando
oro, es como si todas mis palabras cayesen en una cima oscura de
la cual no llega ningún eco que muestre que mis oraciones han
llegado al fondo de tu corazón” (K. Rahner). Es ésta una
experiencia de todos.
Nuestras oraciones son palabras dirigidas al silencio de Dios,
al silencio que es Dios para nuestros oídos, nuestra razón y
nuestros sentimientos. Y aunque no faltan los momentos en que, a
la oración dirigida a Dios, le siguen gratos sentimientos de
sosiego, paz y gozo; y, aunque la oración nos devuelve a veces
luminosas ideas sobre Dios y hasta certezas aparentes de su
presencia, en seguida percibimos que estos sentimientos, que
pueden acompañar o seguir a nuestras plegarias, no son Dios, ni
su respuesta a nuestro profundo deseo de descubrir su Presencia
y de encontrarnos con El. No es por falta de luz sino porque el
exceso de luz nos ciega. El verdadero peligro de la oración no
es el temor de que nuestras palabras vayan dirigidas al silencio
de Dios, impenetrable para nosotros, sino la ilusión de que los
sentimientos, las certezas, la luz que puede procurarnos son ya
Dios o señales inequívocas de la calidad de nuestra oración.
Aceptar el silencio de Dios como destino de las palabras de
nuestra oración es la condición para no confundir a Dios con lo
que no es y progresar hacia la unión con Él, meta de toda la
vida de oración.
De esta actitud orante han surgido variadísimas formas de orar
en la historia religiosa de la humanidad y en la vida de los
creyentes. En todas estas formas de orar se refleja y se encarna
esa disposición fundamental y ese temple de ánimo que
describimos como actitud orante.
LA ORACIÓN DE PETICIÓN
Me referiré ahora a la oración de petición, destacando la
relación entre fe y oración y las consecuencias que se derivan
de ello para la relación entre oración y teología.
Oración y teología
La oración es acto de fe, pero esta fórmula no significa que la
relación entre ambas suponga la existencia previa de una fe ya
tenida como condición indispensable para cualquier práctica de
oración.
La oración no puede vivir sin la fe, pero ésta, a su vez, puede
exigir la oración. “La fe es la madre de la oración; pero hay
momentos en los que las hijas tienen que alimentar a sus madres”
(Kierkegaard).
De este hecho se siguen conclusiones importantes sobre la
relación de la oración con la cuestión de Dios, la fe y la
teología. A esto se refería G. Ebeling cuando subrayaba que “la
oración no es un acto religioso más pues en ella se concentra la
totalidad de la relación con Dios”. Un teólogo protestante llegó
a afirmar que “la oración es el corazón de la teología”. Y Karl
Barth escribió que “el acto primero y fundamental de toda
actividad teológica es la oración”. En este sentido, J. B. Metz
indicaba que “la teología debía ser, antes que nada, lenguaje
oracional reflexivo”. En cualquier caso, la historia de las
religiones muestra que los humanos comenzaron a hablar a Dios y
sólo más tarde hablaron de Él.
La razón de la prioridad de la oración sobre la teología radica
en el hecho de que, por ser mediación originaria de la religión,
la oración es el humus en el que germina la relación del hombre
con Dios. En la fe expresada en la oración Dios se da al hombre.
A Job le bastó su sufrimiento, convertido en oración, para
descalificar la teología de los discursos de sus amigos:
“Máximas de ceniza son vuestras sentencias, vuestras réplicas
son réplicas de arcilla. ¡Dejad de hablarme, porque voy a hablar
yo, venga lo que viniere!” (Jb 13,12). Y es que “el lenguaje de
la oración no sólo es el más universal, sino además el más
cautivador y dramático, y más radical y rebelde que el lenguaje
de la teología gremial la cual, al hablar de Dios, se afana en
mostrar su compatibilidad con la modernidad” (Metz).
Por todo lo dicho, podemos concluir que no es necesario
justificar la oración y valorar sus diferentes formas desde los
principios del teólogo que se erige en “juez de la oración”.
Debería ser a la inversa: las conclusiones de la teología
deberían ser avaladas desde la forma de relación con Dios que
manifiestan las diferentes formas de oración. “El fenómeno de la
oración se convierte así en la clave hermenéutica de la doctrina
sobre Dios” (G. Ebeling).
Por otro lado, la teología, como tarea reflexiva en estrecho
contacto con el pensamiento contemporáneo, no puede dejar de
tener en cuenta la forma de pensar, la cosmovisión y el
paradigma en que ese pensamiento se desenvuelve.
Ahora bien, si se toma la teología como fuente de criterio para
validar la oración, se corre el peligro de convertir el marco de
pensamiento en el que ésta se mueve en la condición de
posibilidad para que exista. Entre el hombre orante, en su
inmediata situación existencial, y la invitación y promesa de
Dios se interpondría una barrera levantada por el hombre, de
cuya superación dependería el fundamento mismo de la oración.
Con tal comprensión de la oración no podría darse ninguna
comunidad religiosa ni ningún orante.
Críticas a la oración de Petición
La oración de petición es, sin duda, la forma de oración que ha
sido objeto de mayores críticas, provenientes de filósofos y de
no pocos teólogos. Desde la antigüedad, las objeciones más
frecuentes a la oración de petición provienen de los que la
creen incompatible con una idea suficientemente purificada de
Dios. La oración de petición se dirigiría a Dios para informarle
de nuestras necesidades, para suscitar su compasión por ellas o
para reclamar la intervención de su poder a favor nuestro.
Dios –dirá el teólogo– conoce nuestras necesidades y no necesita
que se las hagamos presentes. Su bondad no necesita de nuestros
ruegos para compadecerse de nosotros.
Solicitar la intervención de Dios para evitarnos males supone
una forma de entender su intervención en el mundo difícilmente
compatible con su trascendencia.
La oración de petición sería supersticiosa y evitaría poner en
juego nuestras fuerzas para superar el mal y conseguir por
nosotros mismos los bienes que precisamos.
Todas estas críticas fueron y siguen siendo útiles para los
creyentes, pues ponen de manifiesto los peligros de pervertir la
actitud orante en la oración de petición mal entendida o mal
realizada. Sin embargo, existen poderosas razones para seguir
practicando la oración de petición. Señalemos algunas: la
oración de petición está presente en todas las religiones,
incluso en aquellas formas más elevadas y purificadas de la fe
practicada por las mayores personalidades religiosas.
Jesús mismo la recomienda con insistencia en los evangelios y la
practica en momentos decisivos de su vida, como en la hora de su
pasión. Sin embargo, no faltan en el evangelio advertencias
contra los peligros que puedan darse: “Y al orar no charléis
mucho como los gentiles, que se figuran que por su palabrería
van a ser escuchados.
No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que
necesitáis antes de pedírselo” (Mt 5,7-8). Para superar posibles
peligros, Jesús insiste en una doble condición: “que se pida con
fe” y “que se haga en su nombre”.
Estas razones externas invitan a reflexionar sobre la validez de
la oración de petición y las condiciones de su autenticidad. La
razón fundamental de su validez radica en que la oración de
petición es para el hombre una forma natural de vivir la
relación de fe-confianza en Dios, presente en nosotros cuando
nos encontramos en situaciones de peligro, necesidad o angustia.
En definitiva, la oración de petición es simplemente el
ejercicio de la confianza incondicional en Dios, centro de la
actitud teologal, en los momentos difíciles de la vida.
Puede ser objeto de la oración de petición pedir a Dios la
salvación y acudir a Él como salvador nuestro. Éste el centro
mismo de la vida religiosa. Además, ser religioso es confiar en
que dicha petición, realizada con fe, es escuchada por Dios. En
eso consisten en definitiva la fe y la esperanza. Sin embargo,
el creyente puede pedirle a Dios otros bienes, incluso bienes
temporales: la salud, la felicidad, el éxito de sus propias
tareas y actividades, la paz, etc. La Escritura es clara al
respecto: “todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo
recibiréis” (Mt 21,22).
Únicas condiciones: con fe y en nombre de
Jesús
Todo puede ser tema de oración, si se pide con fe y en nombre de
Jesús. Pedir con fe no consiste en pedir con la seguridad
subjetiva de que se me va a conceder lo que pido. Cuando la
confianza se dirige a obtener los bienes solicitados, deja de
dirigirse a Dios para dirigirse a los bienes y a su posesión.
Pedir con fe es hacer de la petición una expresión de la
confianza incondicional en Dios, que conlleva la fe en Él. Es el
pedir de quien sabe que su vida no está amenazada por ningún mal
irremediable, sino que está en buenas manos, las manos de quien
venimos y que nos acompañan en todo momento hasta nuestro final.
Pedir en nombre de Jesús significa hacerlo en unión con El, en
una actitud de confianza que Él hace posible gracias a su unión
con nosotros. Si se dan esas condiciones en nuestra oración
podemos pedirlo todo, ya que toda verdadera petición procede de
la radical necesidad de salvación propia de todo ser humano,
contingente y mortal. Por eso se ha dicho con razón que la
enfermedad, el sufrimiento, la soledad, la angustia, la
tristeza, en definitiva, todas estas deficiencias de la vida
humana sólo son formas concretas de nuestra precariedad
existencial debida a nuestra condición mortal. La oración de
petición, pidiendo ser liberado de tales circunstancias, se
orienta a ser liberado por Dios de la presencia opresiva de la
muerte, superando la falta de sentido que amenaza al hombre. La
oración de petición busca conseguir aquí y ahora un sentido
pleno a la vida y obtener la salvación. Y, si esta salvación no
es otra cosa que Dios mismo, entonces lo que pedimos a Dios en
toda oración de petición es a Dios mismo.
Incluso en estas circunstancias, la oración de petición tropieza
con la sospecha de que quizá no haya sido verdaderamente
escuchada, pues, con demasiada frecuencia, nuestras peticiones
no parecen obtener respuesta. C. H. Ratschow afirma que la
oración de petición nunca es escuchada y se pregunta por ello si
no estará condenada al fracaso. Pero justamente de ahí concluye
que tal vez eso nos muestra que la oración de petición no es una
oración interesada, que espera ser escuchada, sino la palabra
del hombre radicalmente necesitado ante la realidad de la
presencia de donde viene todo don, ya que lo que ese hombre
necesita ante todo es a su Dios. La decepción por la falta de
escucha queda reservada a los tiempos ilustrados, que entendían
la oración de petición con mentalidad utilitarista.
Oración y silencio de Dios
La experiencia de que la oración ha sido escuchada consiste en
que el orante experimenta un cambio de su situación de
necesidad. Esto se da cuando, por la experiencia del consuelo,
de la posibilidad de sentido, de esperanza y de vida, se supera
la experiencia concreta de la muerte, que nos oprime, manifiesta
el sin-sentido, oscurece nuestra vida y nos parece algo que no
podemos integrar. Y esto puede ocurrir de muchas maneras, como
de ello da testimonio la experiencia espiritual en todos los
tiempos, también los nuestros. El solo hecho de que el orante
ponga en la fe, inspirada por el Espíritu, su realidad mortal
ante Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos,
permitiendo que nos llegue la promesa de una vida plena, es el
único hecho, ciertamente extraordinario, que elimina la
condición oscura y opresiva de la necesidad extrema. El simple
hecho de ponerse ante Dios, en un horizonte abierto a la fe, ya
comporta una cierta respuesta. Así, en la oración, la
experiencia concreta de la muerte se transforma en la
experiencia de la presencia de Dios. Como tantas veces se indica
en el AT, “si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”.
Quizá no eliminando la causa inmediata de su angustia, pero sí
asegurándole: “no temas, yo estoy contigo”. Cuando el Dios de
Jesucristo es experimentado en la fe como Emmanuel, o Dios con
nosotros, en quien la muerte fue vencida, se le arranca a la fe
su aguijón. La oración transforma el horizonte de esta situación
de necesidad en un horizonte nuevo, aunque la necesidad misma se
mantenga. Se trata de una situación nueva de esperanza, de
consuelo, de confianza y de alegría que cambia por completo,
aunque se mantenga la situación que la causó.
No hay ninguna oración que no sea escuchada. Ese es el sentido
que suele atribuirse a la expresión “pedir con fe”.
La oración de Jesús en Getsemaní ilustra lo que estamos
diciendo. Allí Jesús expone su petición y su queja al Padre,
desde la más completa confianza, asegurándonos que “es
escuchado”: “el cual, habiendo ofrecido en los días de su vida
mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que
podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud
reverente y, aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la
obediencia” (Hb 5, 7-8).
No he mencionado en mi escrito, más que en términos muy
generales, las muchas razones que Andrés Torres Queiruga ofrece
en apoyo de su tesis. Propongo otro enfoque de la oración, desde
el cual no se siente la necesidad de “ir más allá de la oración
de petición”, sin que ello nunca suponga caer en una comprensión
de Dios que lesione su “condición divina”.
En algo estoy completamente de acuerdo con el ilustre teólogo:
en pretender que esta contribución sea una oferta de diálogo, a
la búsqueda de un intercambio de experiencias. El interés que me
mueve es contribuir a una mejor forma de orar, como el medio por
excelencia de ser mejores creyentes.
Juan Martín Velasco
Tradujo y condensó: JOSEP ANTONI GARÍ
Publicado en Selecciones de Teología
http://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol51/202/202_Velasco.pdf
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