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A todos nosotros nos gustaría que la Iglesia fuese joven,
fuerte, vigorosa, audaz, imaginativa, primaveral, atractiva…
pero la encontramos cansada, agobiada, silenciosa, como
temerosa, casi muda. Nos parece vieja, anciana, a veces casi
tememos que tenga Alzheimer: recuerda el pasado, lo repite, pero
parece que el presente se le escapa, es casi miope para
comprender las nuevas luces que brillan y que exigen respuesta.
Otras veces nos parece sorda, no escucha los gritos y el vocerío
de un mundo agitado y turbulento.
Los jóvenes la abandonan hastiados de ver su estado deplorable,
tan callado, tan pasivo, tan torpe, tan poco acogedor. Otros la
atacan violentamente, la hieren, incluso anuncian su muerte
próxima: “es cuestión de tiempo, es del pasado, es una reliquia
anacrónica, es un objeto de anticuario”. Otros la quieren
rejuvenecer con técnicas artificiales, antioxidantes,
antiarrugas. Pero ella no se deja. Otros la ven sucia, manchada,
descuidada, abandonada, desatendida, como si nadie la cuidara e
intentan auxiliarla con cariño, es tan vieja la pobre…
Pero ella calla, medita en su interior, recuerda años pasados,
cuando era joven y pobre, cuando la persiguieron, cuando la
coronaron como reina y maestra, cuando la unieron a príncipes y
reyes, cuando todos se proclamaban hijos suyos. Y ella sonríe,
pues ella siempre quiso ser como al comienzo, fiel al Espíritu,
sencilla, pobre, nazarena, transparente, abierta a todos,
fecunda, libre, evangélica, como su Esposo el Señor. Agradece
siempre a sus hijos que la quisieron volver a sus orígenes, a
sus hijos fieles, que no buscaban su propio provecho sino el del
Señor.
Ella es sabia, llena de experiencia, experta en humanidad, sabe
que en la vida hay primaveras y también inviernos, ahora es
invierno. Muchos se alejan de ella escandalizados, pero ella
sabe que luego del invierno viene la primavera, tiene buena
memoria. No tiene miedo, vendrán tiempos mejores, habrá hijos
proféticos y audaces que le devolverán el brillo evangélico de
sus comienzos, la harán pobre, evangélica y pascual. Ella tiene
paciencia, espera, no se desanima, el Señor, su Esposo está
ausente, pero volverá y mientras tanto posee la presencia
vivificante de su Espíritu.
Ella es muy antigua, tiene siglos de historia, viene desde Adán,
desde Abel, como los viejos Santos Padres lo intuyeron y por eso
la llamaron “anciana”. Pasan los imperios, caen reyes y
dictadores, pero ella sigue firme, callada, con paso lento,
caminando hacia un fin sin ocaso. Espera siempre, sabe que el
Señor habló de semillas pequeñas pero que crecen, de un poco
levadura pero que fermenta la masa, sabe también que hay cizaña
con el trigo, por eso no quiere arrancarlo, pues todas las veces
que su hijos lo intentaron hacer inquisitorialmente, fue un
fracaso. Prefiere usar misericordia, paciencia, comprensión,
perdón e indulgencia, más que excomulgar y lanzar anatemas…
No quiere presionar, no quiere forzar nada como algunos
desearían, no pretende ser cada vez más numerosa y fuerte, no
desea ser poderosa y rica, pues los que lo intentaron la
arruinaron. No pretende saberlo todo, no quiere dar normas a
todos, como algunos hicieron en otros tiempos y desean que siga
haciendo ahora. Ella prefiere dialogar, pero muchos de sus hijos
tienen miedo al diálogo. Los tiempos han cambiado, ella prefiere
callar, ofrecer el agua pura de su verdad como las fuentes de
los pueblos que ofrecen agua al sediento, sin obligar a nadie a
beber. Quiere abrir ventanas, sacudir polvo de emperadores y
reinos pasado, quiere respirar aires nuevos y oxigenantes aunque
sea anciana, pero muchos le cierran presurosos las ventanas, “no
sea que la anciana se resfríe”…
Aunque nos parece callada, muda, sorda en el fondo está
escuchando una voz interior que le susurra palabras de vida
eterna. Cuando nos parece ciega, en realidad tiene los ojos
entornados hacia dentro, hacia el Señor, su Esposo que le da
fuerza, le da su Espíritu para que no se desanime, no decaiga,
no pierda la esperanza, para que aprenda a vivir nuevos tiempos.
Todavía le queda un camino largo por recorrer, como sucedió al
viejo y cansado Elías en el desierto.
Aunque nos parezca que tiene Alzheimer, en realidad lo que busca
es que la cuidemos, como un esposo que cuida con cariño a su
esposa enferma, que la queramos, que la atendamos, que
reflexionemos sobre lo que hemos hecho con ella, por qué la
hemos dejado en esta situación, por qué la hemos abandonado
buscando otras ideologías, otras religiones, otras
cosmovisiones, otras espiritualidades, más atrayentes y
seductoras, que nos llenen más o que quizás no nos cuestionen
tanto. ¿Quién es el causante de que la Iglesia esté así hoy?.
¿Quién es el culpable de que la Iglesia de hoy aparezca tan
sucia y cochambrosa?. ¿Quién le ha arrebatado sus joyas para
lucir con ellas?. ¿Quiénes han querido adueñarse de ella,
utilizarla, manipularla, decir que ellos “son” la Iglesia, que
la representan y hablan en su nombre?. El que esté limpio de
culpa que lance la primera piedra, comenzando por los más
viejos…
Esta anciana Iglesia atraviesa fases como la luna, como ya lo
dijeron también algunos Santos Padres. Hay momentos menguantes,
de oscuridad, de eclipse: ahora estamos en uno de ellos. Pero
llegarán momentos de claridad y de luz creciente. Ella brilla
con la luz del Sol que es el Señor, no con luz propia. Hay que
esperar, tener paciencia.
A esta anciana la visitan los pobres, los niños, mujeres fieles,
gente insignificante, que no le temen, que la quieren, le llevan
flores, que saben que su corazón está vivo y alegre, que aunque
sea anciana es fecunda. Se sienten bien con ella, aunque hable
poco o calle, escuchan su silencio como una música blanca, saben
que su corazón es tierno y joven, misericordioso, que les
comprende, que les quiere. Ella se lo agradece, sonríe y les
acaricia con cariño maternal sus manos.
No la visitan muchos ilustrados, no recibe visitas de personas
importantes y poderosas, que ya no pueden sacar provecho de
ella, ya la han exprimido todo lo posible, ya han abusado de
ella, ahora ya no sirve, es basura, un vejestorio. Son todos
aquellos que con la excusa de servirla se han servido de ella
para sus intereses, “en su nombre”. Y así la han dejado,
desprestigiada, con pésima fama. Han utilizado su nombre, han
invocado la civilización cristiana para enriquecerse ellos,
ahora ya no les sirve esta vieja anciana achacosa.
Otros afirman que aceptan a Jesús, su Esposo pero no a la vieja
y caduca Iglesia, como si el Espíritu de Jesús no animase el
cuerpo de la Iglesia… La anciana Iglesia lo sabe, le duele en el
alma esta preterición, pues a la larga nadie podrá ir a Jesús si
no pasa por ella, nadie la podrá separar de su Esposo. Es
tentación, es orgullo. Pero ella calla y espera, un día tal vez
se den cuenta y vuelvan a ella, la anciana y vieja Iglesia. Ella
tiene un gran tesoro para comunicar a la humanidad: se llama
Jesús de Nazaret, muerto y resucitado por nuestro bien, para que
tengamos vida en abundancia. Ella lo entrega generosa a los que
acuden a ella con simplicidad de corazón, aunque sea anciana o
precisamente porque lo es.
Un día el Señor regresará y enjoyará a su Esposa fiel con luz
resplandeciente y vestidos nuevos, la Iglesia volverá a ser
joven y hermosa y Él le agradecerá el haber tenido tanta
paciencia y tanta fortaleza durante tantos años, por haber sido
la anciana Iglesia callada y medio sorda, con un Alzheimer que
parecía incurable pero que en realidad era sólo un momento de
debilidad, una fase pasajera de la anciana Iglesia, siempre
joven por la fuerza del Espíritu. Pero hasta que llegue este
día, ¿hay alguien que quiera cuidar a esta anciana llamada
Iglesia?.
Víctor Codina
Publicado en Teología Libre-Wordpress
http://teologialibre.wordpress.com/2012/05/25/una-anciana-llamada-iglesia/
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