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Salwa es bajita, algo gordita y encantadora como un ángel. Es
religiosa y tiene 63 años. Ha venido a Montréal desde el Cercano
Oriente para realizar un curso y los primeros fríos de noviembre
ya la están haciendo sufrir. Para afrontarlos no termina de
embutirse en sus hábitos de monja. Vestida de negro de pies a
cabeza parece una simpática talibán envuelta en un católico 'burka'.
Cuenta que es enfermera y partera. Durante sus 40 años de
trabajo en Jordania y en el Líbano ha atendido 15 mil partos
y... me dice al oído: -He bautizado a 600 bebés musulmanes
moribundos, a escondida de sus mamás, ciertamente. ¿Crees que
hice bien? Mi obispo me dijo que sí.
Le he contestado que eso era piratería y ha sonreído a su vez no
sin un rayo de sorpresa en sus ojos pícaros.
Le explico entonces que cuando se creía que los niños que morían
sin bautizar eran enviados a un lugar poco acogedor llamado
"limbo", las personas piadosas hacían lo imposible por
bautizarlos antes de que muriesen. Pero cuando se descubrió que
ese lugar no ha existido jamás resulta ya innecesario tratar de
bautizar a esos pequeños. Porque además hemos comprendido que
bautizados o no, musulmanes o cristianos y aún hasta los malos,
el Buen Dios acoge a todos en su casa.
- ¿Hasta los malos? Se asombra mi dulce pirata
- También...
- ¡sí! Entonces ¿de qué sirve hacer el bien?
- Sirve para hacer el bien, simplemente. Y eso nos hace felices
como lo eres tú misma. Porque tú irradias felicidad.
Salwa es en efecto feliz con su vida. No lamenta haber bautizado
a esos 600 niños musulmanes que morían en sus brazos porque para
ella era lo mejor que podía hacer. En cuanto a lo que les
sucedió luego de haber dejado este mundo ¡quién podría saberlo!
Podríamos sin embargo anticipar con certeza que no hay un Dios y
un paraíso para los cristianos, ni un Dios y un paraíso para los
musulmanes. Solo existe la morada de Dios. Y allí todo es bueno
y bello.
Salwa no se asombra más de lo esperado pero tiene necesidad de
reflexionar. Acostumbra a seguir el camino que le señala su
corazón.
Salwa no es solo una partera es también una mujer sabia. Me
recuerda a Shiphra y Pua las dos parteras a las que el Faraón
había ordenado matar al nacer a todos los hijos varones de los
hebreos. Estas dos mujeres también escucharon a sus corazones.
Decidieron desobedecer la orden del rey y salvaron la vida de
los niños de su pueblo (Ex 1,15-21)
Uno de ellos fue Moisés, aquel gigante que posibilitó el
surgimiento de tres de las mayores epopeyas de la humanidad: el
judaísmo, el cristianismo y el islam. Sin aquellas parteras los
faraones hubieran ganado seguramente una vez más y la historia
hubiera perdido una parte enorme de su humanidad.
Salwa, Shiphra y Pua me recuerdan a otra partera, Romelia, que
ayudó a nacer a casi todas las personas que habitan hoy Maimará
y sus alrededores. Ella ha sido la segunda mamá de todo un
pueblo que le profesa un afecto sin límites. Hoy en día Romelia
se ha convertido en una frágil y linda abuelita de más de 90
años. Un terrible accidente la ha privado de una pierna pero
todavía camina apoyándose en dos de sus nietos o con la ayuda de
dos bastones. Recibe y escucha a todo el mundo prestándole
atención a cada uno de los que la visitan.
Pienso que estas cuatro mujeres habrían de ser imagen de la
Iglesia de Jesús:
• sería como Salwa, alumbradora de vida que solo
obedecería a su corazón,
• sería como Shiphra y Pua y frustrarían a todos los
faraones que amenazan deshumanizar a los humanos.
• sería como Romelia, solo ternura para todos y todas
los que siguen naciendo en este mundo.
Eloy Roy
Publicado en Fe Adulta
http://www.feadulta.com/index.php/es/art1col1.html
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