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Cambio religioso y espiritualidad
…en la postmodernidad, todo se concibe como una gran red en la
que todo está interrelacionado con todo. Y ¿cómo estamos hoy en
nuestro contexto cultural en relación con la religión y la
espiritualidad?
Por un lado, todavía hoy, seguimos arrastrando aquel viejo
contencioso entre la religión y la modernidad. Para entenderlo,
hay un dicho que lo ejemplifica bien, cuando dice que “al tirar
el agua sucia de la bañera, tened cuidado en no tirar también al
bebé”. Pues eso ocurre entre nosotros hoy.
La religión, como sabe que tiene un “bebé valioso”, dice “no
vamos a cambiar el agua de la bañera, no vaya a ser que perdamos
el bebé”, y guarda el agua de la bañera a pesar de estar sucia.
Y los modernos, los laicistas, por usar esa palabra, dicen:
“esto huele a podrido, vamos a tirarlo”, sin darse cuenta de que
hay un bebé. Necesitamos mucha lucidez para avanzar en este
diálogo
.
“Espiritualidad” es una palabra gastada porque viene con un
lastre negativo intenso. Pero, al mismo tiempo, constatamos que
nos hallamos en una sociedad hambrienta espiritualmente. Está
hambrienta por necesidad.
Desde distintos ámbitos se comienza a hablar, afortunadamente,
de inteligencia espiritual, igual que hace unos años se comenzó
a hablar de “inteligencia emocional”, que se popularizara a
partir de los libros de Daniel Goleman.
Inteligencia espiritual es la capacidad de trascender la mente y
el yo, porque somos capaces de separar la conciencia de los
pensamientos. Pensamientos tenemos, pero conciencia es lo que
somos. Y cuando uno se identifica con los pensamientos, ¿qué
pasa? Que sufre.
La espiritualidad consiste en darse cuenta de la trampa que
significa identificarse con nuestros pensamientos; porque los
pensamientos son objetos, pero yo soy la Conciencia que observa
esos objetos
¿Qué capacidades potencia la inteligencia espiritual? Ayuda a
mantener la serenidad, porque te separa de los pensamientos que
te la hacen perder; favorece una observación desapegada de la
realidad, la observación ecuánime; hace crecer en libertad
interior, porque nadie ni nada me quitan mi libertad, es mi
mente la que lo hace con frecuencia: al identificarme con ella,
ahí pierdo mi libertad; y potencia la compasión: cuando me
desidentifico del yo, la compasión brota sola. Jesús no era
compasivo por voluntarismo; no, la compasión nace de la
comprensión. Y Jesús era compasivo porque vivía en ese nivel de
conciencia que llamamos transpersonal, en el que se veía no
separado de nada.
¿Qué quería decir cuando afirmaba: “Tuve hambre y me distéis de
comer”? No decía: “Tuve hambre, y le distéis al otro como si
fuera yo”. O: “Lo que hacéis a cualquiera de ellos, me lo hacéis
a mí”. No decía: “Lo que hacéis a cada uno de ellos es como si
me lo hicierais a mí”; dice: ”me lo hacéis a mi”. Vivía en esa
conciencia de unidad. Y, al final, la inteligencia espiritual
nos capacita para percibir nuestra verdadera identidad.
¿Cuál es la relación entre religión y espiritualidad? Por
decirlo en una sola frase, no están ni identificadas ni reñidas.
Son como este vaso y el agua que contiene: el agua es la
espiritualidad, el vaso es la religión. A quien le sirve el vaso
para contener el agua, enhorabuena. Pero si una persona dice que
no, que prefiere una botella, enhorabuena. Y si otra dice que ni
vaso ni botella, que prefiere el agua en la mano, enhorabuena
también.
¿Cuál es el peligro de la religión? Su absolutización. Cuando la
religión se olvida de que es un instrumento y se absolutiza,
como si el ideal de la persona religiosa fuera “ser religiosa”,
se convierte en amenaza.
No, la religión es un instrumento, como decía Jesús: “No es el
hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”; es un
instrumento para que despertemos espiritualmente; es una
herramienta, un cauce, un recipiente que vale por lo que
contiene, por aquello a lo que apunta, y a cuyo servicio ha de
estar.
La absolutización de la religión es sumamente peligrosa, por un
doble motivo: porque conduce al fanatismo en todas sus formas
(incluida la guerra de religión o el terrorismo en su nombre) y
porque nubla, oscurece o ciega la Realidad que debería desvelar.
Es como si absolutizáramos un determinado tipo de vaso (o
recipiente) y olvidáramos que lo realmente importante es el
agua.
La religión es sólo un vehículo transportador; para mucha gente
ha sido el vehículo a lo espiritual –para mí también-. Pero
siempre es un instrumento y cuando se olvida que la religión es
un instrumento, y se convierte en un absoluto, hace mucho daño,
es muy peligrosa.
La espiritualidad nos conduce a experimentar la verdad, la
religión nos da doctrinas o creencias. Por decirlo de modo
sencillo, la religión nos da mapas para entender el territorio,
pero no es el territorio; una persona que se queda en la
religión se queda en el mapa; la espiritualidad nos permite
transitar el territorio. En definitiva, la doctrina es una
interpretación de Lo que Es, y la espiritualidad nos hace
adentrarnos en Lo que Es.
La dimensión profunda de lo real
El despertar espiritual consiste en descubrir ese Dinamismo de
un darse que engendra la forma que somos en la no-separación.
Caer en la cuenta de eso y experimentarlo: eso es la
espiritualidad.
Todo el misterio de la Vida es un Darse. Ese Darse está
engendrando permanentemente la forma que somos cada cual. ¿Qué
es un océano? Un darse del agua que está generando olas de todos
los tipos continuamente. Eso es la espiritualidad. Si lo
queremos formular en lenguaje religioso, la experiencia original
es ésta: estamos siendo creados continuamente desde la
profundidad de Dios en la no-separación. Igual que la ola es
forma donde el agua vive, Dios lo que busca es vivirse en
nosotros. Como le gusta insistir a Willigis Jäger, Dios no
quiere ser adorado, quiere ser vivido.
Hemos creído que Dios es un soberano oriental antiguo que tiene
necesidad de que le demos gloria –como se decía antes, “hemos
venido a este mundo para dar gloria a Dios”-
Pero un Dios que tuviera necesidad de que le diéramos gloria no
sería Dios, sería el gran Narciso.
Y hemos hablado de un Dios que nos crea para que le demos
gloria… No, Dios nos crea para darnos gloria Él a nosotros, Dios
nos crea porque quiere vivirse en nuestra forma: Dios me ha
creado porque quiere vivirse, en toda mi humildad, como Enrique;
Dios ha creado a Daniel porque quiere vivirse como Daniel, nos
ha creado a cada uno porque quiere vivirse en nuestras formas.
Como decía Ignacio de Loyola en una frase que recuerdo de forma
no literal, “Dios duerme en los minerales, vegeta en las
plantas, siente en los animales y ama en las personas”. Es una
forma más antigua de decir lo mismo, de expresar la no-dualidad.
El camino más corto a la espiritualidad es el venir al aquí y
ahora, es el venir al momento presente. Presente –con mayúscula-
es sinónimo de Dios. Es la Shekiná, la Presencia. El presente
está preñado de Dios, el presente es otro nombre de Dios, la
Presencia. Es uno de mis nombres queridos. Por eso hablar de
espiritualidad es hablar de no dualidad. Otro místico, Javier
Melloni, repite esto: “No somos iguales, pero somos lo mismo”.
Como las olas y el océano: no son iguales, pero son lo mismo.
Ahora bien, a esto no llegaremos pensándolo, sino acallando la
mente. Cuando tú silencias la mente, acallas el modelo mental
que es dualista y emerge la no-dualidad. Y entonces experimentas
que somos “lo mismo”, aunque “no seamos iguales”. La no-dualidad
es experimentar las diferencias en la no-separación; ambas cosas
juntas, una cara es la diferencia, la otra es la unidad; las dos
cosas juntas es lo que se conoce como no-dualidad. Oiremos
hablar mucho en el futuro de esto, y si no, iremos mal. Porque
la no-dualidad es liberadora, es salvadora.
¿En qué coinciden todas las cosas que son? En que son. El Ser es
el núcleo de lo real. Pero para percibirlo, necesitamos acallar
la mente. Y para eso necesitamos meditar. De modo que
necesitamos decir una palabra sobre la meditación, porque sólo
la meditación nos permite entrar en este camino de la
espiritualidad.
Espiritualidad: de la ignorancia a la
liberación
La espiritualidad es un camino que nos lleva de la ignorancia, o
mejor todavía, de la inconsciencia a la liberación. Cuando
estamos dormidos –nuestra vida es un sueño, decía Calderón-
estamos inconscientes, estamos ignorantes. La tradición sufí
dice que estamos todos dormidos y que sólo cuando morimos,
despertamos.
La ignorancia consiste en estar identificados con la mente y el
yo, creer que somos la mente o el yo, y la consecuencia es el
sufrir. Es cierto que el desidentificarte del yo es muy
doloroso, porque el yo busca autoafirmarse a toda costa y la
inercia de donde venimos nos hace creer a pie juntillas que
nuestra identidad es eso que llamamos “yo”.
Pero sólo la desidentificación del yo es el único camino de
sabiduría. ¿Comprendéis ahora por qué Jesús decía: “El que
quiera salvar su vida que la niegue”? Y era una persona muy
vitalista. En el evangelio, negar la vida es negar el yo. Todos
los maestros y maestras espirituales lo han dicho: si no caes en
la cuenta de que eres más que el yo, no puedes alcanzar la
sabiduría. Esto nos lleva a reconocernos en esta identidad
ilimitada.
El despertar espiritual es aprender a separar la conciencia de
los pensamientos. Y caer en la cuenta de que no somos nuestros
pensamientos. La espiritualidad se caracteriza por la
desapropiación del yo, la distancia de la mente, y la
experiencia de la plenitud. Eso es lo más característico de la
espiritualidad: caer en la cuenta de que tenemos mente pero
somos infinitamente más que la mente.
Nuestro problema es que hemos confundido el vehículo con el
conductor, el papel con el actor que lo representa, y esa
confusión genera mucho sufrimiento. El papel es nuestro yo, a mi
me he tocado ser Enrique, varón, de Teruel, con toda mi
historia…, pero eso no soy yo; eso son circunstancias relativas
(que dan, como resultado, una identidad también “relativa”,
válida a su nivel); pero lo que realmente yo soy es esa otra
Identidad que descubro en el silencio de la mente.
El vehículo es la mente pero el conductor es otra cosa. Y el
conductor ha de percibirse distinto que el vehículo. Imaginaos
que os identificáis con el vehículo: quedáis expuestos a su
ceguera. Eso es exactamente lo que ocurre cuando nos
identificamos con la mente: quedamos convertidos en marionetas,
sujetos a los vaivenes de sus movi9mientos erráticos, que se han
adueñado de nuestra vida.
No somos libres si no somos dueños de lo que pensamos, y eso
requiere educar la atención. Si mi mente funciona de forma
errática, ¿cómo voy a ser libre? Estaré a merced de sus
vaivenes; meditar es educar la atención para ser dueños de la
propia mente.
¿Como lo hacemos? Aprendiendo a observar la propia mente,
aprendiendo a observar los pensamientos. Cuando observas la
mente, has creado una distancia de ella y ya estás en la
quietud. Y al mismo tiempo estás en el presente.
El presente siempre está bien, siempre es completo, siempre es
integrador; al presente no le falta absolutamente nada. Cuando
digo presente, no hablo del concepto de presente: el presente
pensado es un lapso entre el pasado que nuestra mente piensa que
se fue y el futuro que no ha llegado. Pero eso no es el
presente, sino una idea del presente. El presente es el
no-tiempo, la atemporalidad. Y a ese presente no le falta nada.
¡Para la mente…! Verás que sólo queda Quietud. Si paramos la
mente trascendemos nuestros pensamientos y descubrimos que somos
más que ellos y ello nos permite llegar a nuestra identidad.
Mientras estamos identificados con la mente no podemos
entendernos sin adjetivos: yo soy esto, aquello, lo otro… Quita
los adjetivos; eres lo que queda. La religión trabaja mucho con
la ola, la espiritualidad nos hace conectar con el agua que
somos. Es buena la religión, pero no lo es todo. Esta es la
experiencia espiritual, pasar de la afirmación de “yo soy esto”
a “Yo soy”.
Enrique Martínez
Lozano
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Sociólogo, teólogo, psicoterapeuta y
conferenciante, el Presbítero Enrique Martínez Lozano es un
efectivo animador de encuentros y retiros que tienen el don de
articular psicología y espiritualidad de modo sencillo y, a la
vez, profundo y eficaz.
Ha escrito innumerables obras destinadas al crecimiento personal
y a la espiritualidad. Preocupado por presentar temas de
espiritualidad con la actualización que la mirada científica del
hombre y la mujer de hoy, afirma que “la psicología y la
espiritualidad son complementarias”. Para él, psicología y
espiritualidad «son dos dimensiones complementarias en la
persona; como los dos raíles de la vía». Dice que «si queremos
caminar bien y llegar a un destino, se hace necesario circular
por ambos raíles al mismo tiempo» pues «la espiritualidad sin la
psicología está coja y la psicología sin la espiritualidad queda
ciega».
Publicado en su página:
www.enriquemartinezlozano.com
p://www.enriquemartinezlozano.com/cambio_religioso.htm
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