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• 1. Antes del Concilio
La mayoría de los obispos que llegaron al Concilio Vaticano II
no entendían por qué y para qué habían sido convocados. No
tenían proyectos Pensaban como los funcionarios de la Curia que
el Papa solo podía decidirlo todo y no era necesario convocar un
Concilio. Pero había una minoría muy consciente de los problemas
en el pueblo católico sobre todo en los países intelectualmente
y pastoralmente más desarrollados. Allá habían vivido episodios
dramáticos de la oposición entre las preocupaciones de los
sacerdotes más metidos en el mundo contemporáneo y la
administración vaticana. Sabían lo que habían sufrido en el
pontificado de Pio XII que se oponía a todas las reformas tan
esperadas por muchos.
Todos los que buscaban una inserción de la
Iglesia en el mundo contemporáneo, formado por el desarrollo de
las ciencias, de la tecnología y de la nueva economía así como
por el espíritu democrático, se sentían reprimidos. Había una
élite de obispos y de cardenales que estaban muy conscientes de
las reformas necesarias y quisieron aprovechar la oportunidad
ofrecida providencialmente por Juan XXIII. La Curia no aceptaba
las ideas del nuevo Papa y muchos obispos estaban
desconcertados, porque el modelo de Papa de Juan XXIII era tan
diferente del modelo de los Papas Pío´s, que se pensaba
obligatorio desde Pio IX.
Las comisiones preparatorias del Concilio eran claramente
conservadoras, y, por eso, el día de la apertura del Concilio
las perspectivas de los teólogos y peritos traídos por los
obispos más conscientes eran bastante pesimistas. Pero hubo el
discurso de apertura de Juan XXIII, que rompía decididamente con
la tradición de los Papas anteriores. Juan XXIII anunció que el
Concilio no estaba reunido para hacer nuevas condenaciones de
herejías, como era la costumbre. Dijo que se trataba de
presentar al mundo otra figura de la Iglesia, que la haría más
comprensible para los contemporáneos. La mayoría de los obispos
no entendió nada, y pensó que el Papa no había dicho nada porque
no había mencionado ninguna herejía. Para el Papa no se trataba
de aumentar el número de dogmas, sino más bien de hablar al
mundo moderno en un lenguaje que pudiera entender. Una minoría
esclarecida entendió el recado y sintió que tendría el apoyo del
Papa en su lucha contra la Curia.
La Curia romana tenía una estrategia. Había una manera de anular
el Concilio. Las comisiones habían preparado documentos sobre
todos los asuntos anunciados. Todos esos documentos eran
conservadores y no permitían ningún cambio real en la pastoral.
Esos documentos serían entregados a las comisiones conciliares
que los aprobarían, y el Concilio se terminaría en pocas semanas
con documentos inofensivos que no cambiarían nada. Lo importante
era hacer una lista de comisiones con obispos conservadores y
explicar al Concilio que lo más práctico sería aceptar las
listas ya preparadas por la Curia, puesto que los obispos de la
asamblea no se conocían.
El primero que descubrió esa estrategia fue don Manuel Larraín,
obispo de Talca, Chile, y presidente del CELAM. El, con don
Helder Cámara – eran amigos íntimos, acostumbrados a trabajar
juntos – fueron a avisar a las cabezas del episcopado
reformador. La Curia había preparado una lista de miembros de
las comisiones, escogidos de tal manera que se sabía que
aprobarían los textos curiales sin problema. Se trataba de
rechazar las listas preparadas por la Curia y pedir que las
comisiones fueran elegidas por el mismo Concilio. Los líderes,
cardenales Doepfner de Munich, Alemania, Liénart de Lille,
Francia, Suenens de Malinas, Bélgica, Montini de Milán y algunos
más tomaron la palabra y pidieron que el mismo Concilio nombrara
a los miembros de las comisiones, lo que fue aprobado con
aclamaciones.
La conclusión fue que las nuevas comisiones rechazaron todos los
documentos preparados por las comisiones preparatorias, lo que
fue una afirmación del episcopado frente a la Curia romana. El
Papa estaba feliz. Claro que en pocas horas, Manuel Larraín y
Helder Cámara hicieron listas de los obispos latinoamericanos
que podían integrar las comisiones y otros hicieron lo mismo
para los otros continentes porque don Manuel Larraín ya tenía
muchos contactos en el mundo. Desde el inicio quedó claro que el
concilio sería una batalla de cada hora contra la Curia romana.
El Papa no tenía fuerza para cambiar la Curia. Hasta hoy los
Papas son prisioneros de la Curia que en principio depende de
ellos. La administración es más fuerte que el gobernante en la
Iglesia como en muchas naciones. La administración puede impedir
cualquier cambio solo por su inercia. Ni siquiera Juan Pablo II
se atrevió a intervenir en la Curia. Impotente en Roma se fue al
mundo en donde fue aclamado triunfalmente.
La mayoría conciliar que el grupo de frente logró conquistar, no
quería ruptura y por eso siempre dio importancia a la minoría
conservadora, aunque pequeña, que representaba los intereses de
la Curia y se identificaba con ella. Por eso, muchos textos
fueron ambiguos porque después de un párrafo reformista venía un
párrafo conservador que decía lo contrario. Por un lado se
anunciaban temas nuevos y luego se abría espacio para los temas
viejos de la tradición de los Papas Pío´s. Esa ambigüedad
perjudicó mucho la aplicación del Concilio.
La minoría conciliar y la Curia no se convirtieron. Todavía se
oponen a Vaticano II y encuentran argumentos en los mismos
textos conciliares conservadores. Cuando Juan Pablo II citaba
los textos del Vaticano II, citaba los textos más conservadores,
como si los otros no hubieran existido. Por ejemplo en la
Constitución Lumen Gentium, claro está que el destaque es el
lugar dado al pueblo de Dios. Sin embargo, cuando se trata de la
jerarquía, el pueblo de Dios desaparece y todo continúa como
siempre. En 1985 por instigación del cardenal Ratzinger el
pueblo de Dios fue eliminado del vocabulario del Vaticano. Desde
entonces ningún documento romano hace referencia al pueblo de
Dios, que era el tema importante de la constitución conciliar.
El cardenal Ratzinger había descubierto que el pueblo de Dios
era un concepto sociológico, aunque el concepto de pueblo no se
encuentre en los tratados de sociología. El pueblo no existe
sociológicamente, porque es un concepto teológico, bíblico.
Esta situación va a tener mucha importancia en la evolución
ulterior de Vaticano II en la Iglesia. Desde el comienzo hubo un
partido al que siempre se dio importancia y poder, y que luchó
contra todas las novedades. En las elecciones pontificias que,
como siempre son manipuladas por algunos grupos, el problema de
Vaticano II fue decisivo y los Papas fueron elegidos porque se
sabía de sus restricciones a los documentos conciliares en todo
lo que tienen de nuevo. El Papa actual puede vivir diez años más
o más todavía. Después de él podemos pensar que será elegido de
nuevo un Papa poco comprometido con el Concilio, para usar un
eufemismo, porque los grupos que defienden esa posición son muy
fuertes en la Curia y en el colegio de los cardenales, y no hay
señales de que los futuros nombramientos puedan traer cambios de
orientación. Los últimos nombramientos en la Curia son
elocuentes.
• 2. De 1965 a 1968
La historia de la recepción de Vaticano II fue determinada por
un acontecimiento totalmente imprevisto. 1968 es una fecha
simbólica de la mayor revolución cultural en la historia del
Occidente, más que la revolución francesa o la revolución rusa,
porque atinge la totalidad de los valores de la vida y todas las
estructuras sociales. A partir de 1968 hubo mucho más que una
protesta de los estudiantes. Hubo el comienzo de un nuevo
sistema de valores y una nueva interpretación de la vida humana.
Vaticano II respondió a los interrogantes y los desafíos de la
sociedad occidental en 1962. Los problemas tratados , las
respuestas propuestas, las discusiones sobre las estructuras
eclesiales, las ideas sobre una reforma litúrgica, todo eso
había sido preparado por teólogos y pastoralistas, sobre todo
desde los años 30 en los países de Europa central, Francia,
Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza con algunas franjas en el
norte de Italia. Estaba reconstruida la sociedad europea
destruida por la guerra y la Iglesia ocupaba un lugar de
destaque en la sociedad. Era el gobierno en Alemania, Italia,
Bélgica. Holanda y tenía participación en los gobiernos de
Francia. En realidad, había perdido contacto con la clase
obrera, pero ésta ya estaba disminuyendo numéricamente por la
evolución de la economía hacia los servicios. El número de
católicos practicantes estaba disminuyendo, pero no de una
manera que llamara la atención. La Iglesia tenía un clero fiel,
un episcopado bastante ilustrado, aunque poco reformista
socialmente, pero identificado con los partidos
demócrata-cristianos. El gran problema de la Iglesia era la
tensión entre los sectores más comprometidos con la nueva
sociedad y el mundo romano de Pio XII, apoyado por las Iglesias
de países menos desarrollados y más tradicionalistas, como
España, Portugal, América latina, Italia, sobre todo al sur de
Florencia, o de los pueblos católicos del Sudeste europeo. Los
problemas eran estructurales, y no alcanzaban ni los dogmas ni
la moral tradicional.
En 1968 comenzaba abruptamente una revolución total que atingía
todos los dogmas y toda la moral tradicional así como todas las
estructuras institucionales de la Iglesia como de toda la
sociedad. En 1968 Vaticano II habría sido imposible, porque no
habría nadie o casi nadie para entender lo que estaba pasando.
Vaticano II respondió a los problemas de 1962, pero no tenía
nada para dar respuestas a los desafíos de 1968. En 1968 el
Concilio habría sido un Concilio conservador asustado por las
transformaciones culturales radicales que empezaban.
Las manifestaciones exteriores de la revolución de los
estudiantes en todo el mundo occidental desarrollado fueron
reprimidas con facilidad, y, por eso, muchos pensaron que sería
un episodio sin consecuencias importantes. En realidad, era el
comienzo de una era nueva que todavía está en pleno desarrollo
hoy día. 1968 significa cambio de toda la política, la
educación, los valores morales, la organización de la vida y la
economía.
1968 es una fecha simbólica que evoca los grandes
acontecimientos que cambiaron el mundo en la década de los 60,
sobre todo a partir de 1965.
• a. 1968 significó une crítica radical de todas las
instituciones establecidas y de todos los sistemas de autoridad.
Era la contestación global de toda la sociedad organizada
tradicional. La crítica se dirigía al Estado, a la Escuela en
todos sus niveles, al Ejército, al sistema jurídico, a los
hospitales .Era una crítica a todas las autoridades establecidas
que mandan por la fuerza de las estructuras y hacen de todos los
ciudadanos los prisioneros de las instituciones. Claro está que
la Iglesia católica está incluida en esa crítica. La Iglesia
católica era el modelo típico de un sistema institucional
radicalmente autoritario. Ella fue inmediatamente atacada y
denunciada con vigor. Los cambios conciliares, tan tímidos, no
podían convencer a la nueva generación. Vaticano II era
totalmente inofensivo si se compara con la revolución cultural
que partió en 1968.
• b. 1968 inició una lucha contra todos los sistemas de
pensamiento, lo que se llamó “los grandes relatos”. Los sistemas
son formas de manipulación del pensamiento, son expresiones de
dominación intelectual. No se acepta ningún sistema que tenga la
pretensión de ser “la verdad”. Con eso sufren los dogmas y el
código moral de la Iglesia católica, y toda su pretensión de
“magisterio”. Vaticano II no podía ni siquiera imaginar que
fuera posible tal situación. Allá no hubo ninguna discusión de
ningún dogma y todo el sistema de pensamiento nunca fue
cuestionado. Ahora la nueva generación contesta todo el sistema
doctrinal de la Iglesia católica, porque ese sistema no permite
el libre ejercicio del pensamiento. No es que la nueva
generación quiera negar todo el contenido doctrinal, pero no
quiere aceptar todo un sistema sin discutirlo primero, y no
quiere aceptarlo todo en bloque. Quiere examinar cada elemento,
aceptar o no aceptar.
• c. Simultáneamente hubo la explosión de la revolución
feminista. El descubrimiento de la píldora que permite evitar la
fecundación y, por lo tanto, facilita la limitación de la
natalidad, despertó un entusiasmo universal entre las mujeres
que tomaron conocimiento de la novedad. Era un elemento básico
en la liberación de las mujeres, que dejaban de ser totalmente
dependientes de maternidades repetidas. Era una novedad para la
Iglesia también. Nada había en la Biblia sobre esa tecnología.
Los episcopados de los países más desarrollados socialmente, los
teólogos consultados por el Papa manifestaron que no había nada
en la moral cristiana que pudiera condenar el uso de la píldora.
Pero el Papa se dejó impresionar por el sector más conservador
aunque minoritario, y publicó la encíclica Humanae Vitae que fue
como una bomba.
Muchos no podían creer que el Papa hubiera firmado esa
encíclica. Fue una revuelta inmensa entre las mujeres católicas.
Estas no aplicaron la prohibición papal y aprendieron la
desobediencia. De esa fecha viene la huida de las mujeres. Ahora
bien las mujeres son las que trasmiten la religión. Cuando las
mujeres dejaron de enseñar la religión a sus hijos, aparecieron
generaciones que lo ignoran todo del cristianismo. Muchos
obispos quedaron destrozados, pero nada podían hacer porque el
Concilio no había tocado en nada en el ejercicio del primado del
Papa. El Papa decide solo, aún contra todos. Era el caso: el
Papa había decidido contra los obispos, los teólogos, el clero,
los laicos que eran informados. Por desgracia, fue obra del Papa
Pablo VI, que por tantos meritos en la historia del Concilio,
aparecía como hombre de apertura. ¿Porque justamente él? De otro
Papa se habría entendido mejor, aunque el efecto producido
hubiera sido igual. Para muchos, Humanae vitae era como un
desmentido dado a Vaticano II: ¡nada había cambiado !
• d. 1968 y la sociedad de consumo. Hasta entonces el consumo
estaba orientado por las costumbres. Había un consumo moderado y
limitado. Los ricos no hacían ostentación de su riqueza. No
había rendimientos escandalosos. El consumo dependía de la
regularidad de la vida: comidas regulares e tradicionales,
fiestas tradicionales con gastos tradicionales, dentro de un
ritmo de vida en el que el trabajo ocupaba el lugar central. A
partir de la década de los 60, el trabajo dejó de ser el centro
de la vida. En adelante, en el centro está la busca del dinero
para poder pagar las vacaciones, los fines de semana, las
fiestas que se multiplican indefinidamente, y el consumo
festivo. El trabajo es lo que permite el consumo. El trabajo
agrícola desaparece en los países más desarrollados, el trabajo
industrial disminuye, y los servicios no ofrecen ninguna
satisfacción humana por ser aburridos La mismas estructuras
sociales estimulan el consumo, y los que no pueden consumir se
sienten rechazados por la sociedad. Desde entonces la gente
gasta lo que no tiene y paga en 12, 48, 70 meses sus compras. Se
puede consumir sin poder pagar inmediatamente. Se paga después
de años. Los jóvenes no tienen normas, gastan lo más que pueden.
• e. El capitalismo descontrolado. La supresión de todas las
leyes que controlan los movimientos de capitales estimula la
carrera hacia la riqueza. Una nueva moral cualifica a la gente
por el dinero que acumula y por la ostentación de su riqueza. En
adelante los dueños del capital hacen lo que quieren y como
quieren con el riesgo de provocar crises financieras de las que
las víctimas son los pequeños. Hasta la queda del comunismo en
la URSS el magisterio luchaba contra ese comunismo y poca
atención daba al crecimiento rápido de una nueva forma de
capitalismo. En América latina, la Iglesia reacciona muy
timidamente a la conquista económica por los grandes centros
capitalistas mundiales. En la práctica, la Iglesia va a
olvidarse de Gaudium et Spes y aceptar la evolución del
capitalismo descontrolado. La doctrina social de la Iglesia
perdió todo significado profético porque en la práctica nada se
aplicó a casos concretos. En la práctica el magisterio aceptó el
nuevo capitalismo.
Nada de eso fue provocado por el Concilio. No se puede atribuir
a Vaticano II todo lo que sucedió como consecuencia de la gran
revolución cultural del Occidente. Pues esa revolución tuvo
inmediatamente repercusiones en la juventud de la Iglesia. Todos
sintieron que la institución de la Iglesia estaba profundamente
cuestionada y desprestigiada. Ese desprestigio no vino de
Vaticano II sino de la gran crisis cultural. El efecto más
visible fue la crisis sacerdotal. Unos 80.000 sacerdotes dejaron
el ministerio. Casi todos los seminaristas abandonaron los
seminarios. Esto fue atribuido al Concilio por todos sus
adversarios. En realidad no había nada en Vaticano II que
pudiera explicar ese acontecimiento, Tampoco la huida de
millones de católicos laicos se explica por Vaticano II. Pero
todo se explica por la revolución cultural de la juventud. Sin
embargo, los mismos Papas Juan Pablo II y Benito XVI hicieron
varias veces alusiones a ese argumento, aunque no se atrevieron
a expresarlo más claramente.
• 3. La reacción de la Iglesia fue lo que se
podía temer.
Los Papas y muchos obispos aceptaron el argumento de los
conservadores de que los problemas de la Iglesia venían del
Vaticano II. Varios teólogos que habían sido defensores y
promotores de los documentos conciliares, cambiaron y adoptaron
la tesis de los conservadores, entre ellos el mismo Papa actual.
Decían que el Concilio “fue mal interpretado”. Por eso, el Papa
convocó un sínodo extraordinario en 1985 por ocasión de los 20
años de la conclusión del Concilio para luchar contra las falsas
interpretaciones y dar una interpretación correcta. En la
práctica la nueva interpretación, la “correcta”, consistía en
suprimir todo lo que había de nuevo en los documentos de
Vaticano II. Una señal muy simbólica fue la condenación de la
expresión “pueblo de Dios“.
Se acabó la época de las experiencias, decía Juan Pablo II.
Prácticamente, lo que se hizo, fue rehacer lo que hizo después
de la Revolución francesa: cerrar las puertas y las ventanas
para cortar la comunicación con el mundo exterior y reforzar la
disciplina para evitar las huidas. Pero no se logró evitar las
huídas. El problema es que la Iglesia ya no tiene un inmenso
campesinado pobre. En América latina los pobres se van a los
evangélicos.
Desde entonces en el lenguaje oficial se hace referencia al
Concilio, pero su mensaje permanece ignorado. El Concilio
permanece en la memoria y en la fundamentación de las minorías
sensibles a la evolución del mundo, que buscan en él argumentos
para pedir cambios y respuestas a los desafíos del mundo actual.
La juventud, incluso los nuevos sacerdotes, no sabe lo que fue
ese Concilio Vaticano II, que para ellos no ofrece ningún
interés. Están más interesados en el catolicismo anterior a
Vaticano II con su seguridad, sus bellezas litúrgicas y la
justificación de un autoritarismo clerical que les salva de los
problemas
La reacción de la Iglesia fue la vuelta a la disciplina
anterior. El símbolo de esa reacción fue el nuevo código de
derecho canónico en el que se mantiene toda la estructura
eclesiástica del código de 1917 con a veces un lenguaje menos
autoritario y más florido. El nuevo código cerró las puertas a
todos los cambios que se podrían inspirar en Vaticano II. Hizo
Vaticano II históricamente inoperante.
En el mundo, la prioridad dada a la lucha contra el comunismo –
un comunismo ya en plena decadencia – hizo que la Iglesia
aceptara con silencio – los silencios de la doctrina social de
la Iglesia, decía el padre Calvez – el capitalismo desenfrenado
que se instaló en la década de los 70. En América latina el
Vaticano apoyó las dictaduras militares y condenó todos los
movimientos de transformación social a nombre de la lucha contra
el comunismo. Desde el gobierno de Reagan la alianza con los
Estados Unidos fue fiel hasta la guerra de Iraq que al fin abrió
los ojos del Papa por un momento. En esa forma la Iglesia se
aliaba con los poderosos del mundo y se condenaba a ignorar el
mundo de los pobres en su pastoral real. Los nombramientos
episcopales fueron altamente significativos.
En América latina la reacción de la Iglesia a la revolución
cultural que empezó en el mundo desarrollado, fue muy dolorosa.
Destruyó algo nuevo que estaba naciendo. Pues, en América
latina, Vaticano II significó un cambio real. El Concilio
Vaticano II fue lo que convirtió el episcopado y buena parte del
clero y de los religiosos. Antes, hubo sacerdotes, religiosos,
laicos y también obispos que habían hecho una opción por los
pobres. En Roma los obispos latinoamericanos se encontraron y
fueron evangelizados por los obispos de la opción por los
pobres.
El CELAM, con la aprobación de Pablo VI, convocó la asamblea de
Medellín que cambió los rumbos de la Iglesia porque sacó del
concilio conclusiones prácticas. Decidió la opción por los
pobres y el compromiso por un cambio social radical, legitimó
las comunidades eclesiales de base y la formación de los laicos
por la Biblia, por la acción política. Las CEBs fueron una
estructura nueva en la que los laicos tenían una real iniciativa
y un real poder aunque limitado.
En varias regiones, Medellín no fue aceptada o no fue aplicada.
Pero hubo regiones importantes en las que Medellín cambió la
Iglesia y fue la aplicación de Vaticano II.
Todo ese movimiento fue atacado sistemáticamente en Roma con
argumentos proporcionados por sectores reaccionarios de América
Latina. Desde 1972 la campaña contra Medellín fue dirigida por
Alfonso López Trujillo. A pesar de esa campaña, en Puebla en
1979, Medellín todavía se salvó. Pero en el pontificado de Juan
Pablo II la presión aumentó. Las advertencias romanas, los
nombramientos episcopales, las expresiones de represión en
contra de los obispos más comprometidos con Medellín tuvieron
efecto . La condenación de la teología de la liberación en 1984
quería dar el golpe final. La carta del Papa a la CNBB el año
siguiente limitó un poco el alcance de la condenación, pero la
teología de la liberación todavía es algo sospechoso.
• 4. Lo que queda del Vaticano II
Hoy en día, las reformas logradas por Vaticano II nos parecen
muy tímidas y totalmente inadecuadas por su insuficiencia. Habrá
que ir mucho más lejos porque el mundo ha cambiado más en los
últimos 50 años que en los 2.000 años anteriores.
De Vaticano II destacamos lo siguiente que debe permanecer como
una base para las reformas futuras:
- El retorno a la Biblia como referencia permanente de la
vida eclesial por encima de todas las elaboraciones
doctrinales ulteriores, por encima de los dogmas y de las
teologías.
- La afirmación del pueblo de Dios como participante activo
en la vida de la Iglesia, tanto en el testimonio de la fe
como en la organización de la comunidad, con una definición
jurídica de derechos y con recursos en los casos de opresión
por parte de las autoridades.
- La afirmación de la Iglesia de los pobres.
- La afirmación de la Iglesia como servicio al mundo y sin
busca del poder.
- La afirmación de un ecumenismo de participación más íntima
entre las Iglesias cristianas.
- La afirmación del encuentro entre todas las religiones, o
pensamientos no religiosos.
- Una reforma litúrgica que use símbolos y palabras
comprensibles para los hombres y las mujeres contemporáneos.
Las comisiones formadas después de Vaticano II dejaron
muchas palabras y símbolos totalmente sin significado para
los cristianos de hoy y obstáculo para la misión.
• 5. Las condiciones de la humanidad actual en
estado de radical transformación
• a. ¿Cómo entender la fe?
Desde la modernidad muchos cristianos perdieron la fe o pensaron
que la habían perdido, porque tenían una idea equivocada de la
fe. Actualmente ese fenómeno se multiplica porque la formación
intelectual se ha desarrollado y muchos se quedan con una
consciencia religiosa infantil o primitiva que rechazan o
pierden cuando llegan a la adolescencia.
Los pueblos primitivos de cultura oral y los niños creen en los
objetos religiosos como en los objetos de su experiencia. Por
eso es fácil llegar a pensar que la fe es algo como la
experiencia inmediata. Cuando se dan cuenta que ya no pueden
creer en los objetos de la religión en esa forma porque nació el
espirito crítico, creen que pierden la fe, porque la confunden
con su conciencia religiosa infantil.
La fe es diferente de la experiencia inmediata, del conocimiento
científico o del conocimiento filosófico. El objeto de la fe es
Jesucristo, la vida de Jesucristo. Es dar adhesión a esa vida y
adoptarla como norma de vida porque tiene un valor absoluto,
porque esa vida es la verdad, es así que debemos ser hombre o
mujer. No es una evidencia que no permite dudas. Es una
percepción de verdad, que nunca suprime una franja de duda,
porque siempre es un acto voluntario, y porque no se ve esa
verdad. El creyente no se siente obligado a creer. Es un acto de
entrega de su vida, la elección de un camino. No hay evidencia
de que Jesús vive y está en nosotros, pero se reconoce porque se
siente una presencia que es un llamado repetido a pesar de todas
las dudas.
Hoy día el Papa condena como relativismo fenómenos propios del
ser humano actual que ya no puede entender la manera tradicional
de conocer los objetos de la religión. Estos no son parte de su
experiencia de vida. La fe es conocimiento de la vida de Jesús
de una manera totalmente especial sin comparación con las
certidumbres que se están adquiriendo en la vida de cada día.
Esta condición del ser humano actual supone una profunda
revisión de la teología de la fe. Esta revisión de la teología
ya se está haciendo pero no se divulga, lo que permite que
millones de adolescentes pierdan la fe más que nunca, porque no
se les explica lo que es.
• b. La religión.
Nuestros contemporáneos dejan los actos litúrgicos oficiales de
la Iglesia, porque los encuentran aburridos. La misa habitual es
aburrida, salvo en algunas circunstancias muy especiales en las
que aparecen miles de personas. La repetición de lo mismo es
aburrida. La repetición de “domingos del año” durante tantas
semanas es algo aburrido. El lenguaje litúrgico es peor, porque
se hace en lengua popular. Cuando la liturgia era en latín, era
mejor porque no se entendía. Una vez que se entiende, se nota
que el estilo es insoportable. Usa un lenguaje pomposo,
formalista, lenguaje de corte: “humildemente pedimos…”: nadie
habla así. “Asociamos nuestra voz a la voz de los ángeles…”
Formula convencional que no responde a nada en la vida. Hay
cientos de fórmulas semejantes. Los carismáticos salvan la
situación, pero su liturgia está lejos de ser una introducción
al misterio de Jesús.
• c. La moral.
Nuestros contemporáneos no aceptan códigos de moral y que se les
impongan o prohíban conductas porque están en el código. Quieren
entender el valor de los preceptos o de las prohibiciones. O
sea, están descubriendo la conciencia moral que hace descubrir
el valor de los actos. No aceptan la voz de una conciencia que
no es nada más que la voz del “superego”. Antes la base de la
moral cristiana era la obediencia a la autoridad. Había que
hacerlo o no hacerlo, porque la Iglesia lo mandaba o lo
prohibía. Por eso, tantas veces los laicos preguntaban: ¿esto se
puede hacer? Si el sacerdote decía que sí, el problema moral
estaba solucionado. Ahora bien, esto pertenece al pasado.
• d. La comunidad.
El cristianismo es comunitario. Pero las formas tradicionales de
comunidad tienden a debilitarse. La misma familia perdió mucho
de su importancia porque los miembros de la familia se
encuentran menos. La parroquia actual perdió el sentido de
comunidad. Están apareciendo muchas nuevas formas de pequeñas
comunidades basadas en la libre elección. Esas comunidades
tendrán la capacidad de celebrar la eucaristía, lo que supone
una persona apta para presidir la eucaristía en cada grupo de
unas 50 personas. No hay ninguna dificultad de doctrina, porque
en los primeros siglos la situación era esa y no hubo problema.
Esto es fundamental porque una comunidad que no se une en la
eucaristía, no es realmente comunidad cristiana. Los sacerdotes
a tiempo completo estarán alrededor del obispo de cada ciudad
importante para evangelizar todos los sectores de la sociedad
urbana.
Claro está que no sabemos cuándo o cómo se llegará a eso. Es
poco probable que un Concilio que reúna únicamente obispos pueda
descubrir las respuestas a los desafíos del tiempo. Las
respuestas no vendrán de la jerarquía, ni del clero, sino de
laicos que viven el evangelio en medio del mundo que entienden.
Por eso tenemos que estimular la formación de grupos de laicos
comprometidos al mismo tiempo con el evangelio y con la sociedad
humana en la que trabajan.
Vaticano II quedará en la historia como una tentativa de
reformar la Iglesia al final de una época histórica de 15
siglos. Su único defecto fue que vino demasiado tarde. Tres años
después de su clausura estaba cayendo en la mayor revolución
cultural del Occidente. Sus detractores lo acusaron de todos los
problemas surgidos de esa revolución cultural, y, con eso, lo
mataron. Pero Vaticano II permanece como una señal profética.
En medio de una Iglesia prisionera de un pasado que no sabe
superar, es una voz evangélica. No pudo reformar la Iglesia como
quería, pero fue un llamado a mirar hacia el porvenir. Aun hay
movimientos poderosos que predican la vuelta al pasado. Tenemos
que protestar. Cuando personas que nada entienden de la
evolución del mundo contemporáneo y quieren refugiarse en un
pasado sin apertura hacia el futuro, tenemos que denunciar. Para
nosotros Vaticano II es Medellín. También quisieron matar
Medellín. Medellín permanece como el farol que nos muestra el
camino.
Última reflexión: el porvenir de la
Iglesia católica está naciendo en Asia y en África. Será muy
diferente. A los jóvenes hay que decirles: ¡¡aprendan el chino
!!
José Comblin
(1)
(1) Texto póstumo de
José Comblin enviado por hna. Mónica Muggler el 25 de Julio
2011, a Movimiento TeologìaS para la Liberaciòn – Chile.
Publicado en “A Cincuenta años del Concilio Vaticano II:
verdaderas luces y urgentes desafíos”, revista Alternativas –
Revista de análisis y reflexión teológica, año 18, no 41, 2011,
Editorial Lascasiana, Managua, Nicaragua, pp. 11-24. Correo:
opcion_porlospobres_chile@yahoo.com
Reproducida por: Evangelizadoras de los
Apostoles Wordpress.
http://evangelizadorasdelosapostoles.wordpress.com/2011/07/30/texto-postumo-de-jose-comblin-sobre-vaticano-ii/
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