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Un artículo del Padre GERARDO DANIEL RAMOS SCJ

El cristiano del Siglo XXI

 

“El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que ha ‘experimentado’ algo, o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”  (1)

 1. En el nuevo paradigma de la complejidad

Al ponerme a escribir estas páginas no tengo todavía demasiado claro el itinerario que voy a transitar. Tal vez esta perplejidad –en otra época inaudita- se deba al mismo tema del presente ensayo. El mismo tiene mucho que ver tanto con la espiritualidad como con el cambio de época, y con los efectos que éste produce en nuestra región, en la religiosidad del mundo global y en la misma Iglesia. Ante la actual crisis de ‘mapas’ todo termina convirtiéndose en desafío de nueva exploración. En el mundo postmoderno se acabaron las certezas claras y distintas, y todo parece irse diluyendo en contornos poco demarcados y precisos.

Curiosamente, la crisis de paradigmas nos conduce a un nuevo paradigma: el de la complejidad, en el cual siempre es factible tener que considerar nuevas variables, aspectos y matices. Los cambios y transformaciones vertiginosas que desde hace algunas décadas se venían acelerando de modo exponenciado confluyen hoy en universos de información accesibles en tiempo real pero simultáneamente imposibles de procesar. La revolución informática suprimió la historia en los núcleos humanos en donde es factible acceder a las nuevas tecnologías vinculadas a la red.

El horizonte mental de la humanidad se ve transformado de un modo tal vez tan o más contundente que cuando se inventó la imprenta, la escritura, la rueda o el fuego. Al convergir de un modo virtual y desmaterializado toda la información disponible, y al ser factibles todas las comunicaciones y transacciones, se abre un profundo interrogante sobre las posibles consecuencias de esta revolución digital, tanto en el orden psicológico como social, económico como político, cultural como religioso. 

2. Entre redes y violencia

Es cierto. El acceso a internet es factible para menos de un décimo de la población mundial. Esta realidad aumenta en muchos la sensación de exclusión: sentir que se ha caído del mundo o que no se existe. Pero también se ha ido constatando otro fenómeno tan o más significativo: hay gente, grupos humanos y pueblos enteros que han optado por ignorar la nueva cultura tecnológica, y han seguido cultivando sus propias tradiciones y costumbres. Muchos han constituido sectores socio-culturales que se establecen en estricta oposición al sistema imperante.

En muchos casos esto ha ido ocurriendo de manera aparejada a los crecientes decibeles de violencia. Este fenómeno ya cobró dimensiones mundiales, netamente visibles en la proliferación de atentados terroristas, secuestros extorsivos, militarismo, resistencia a la ocupación extranjera o a la usurpación de las propias materias primas. Estos nuevos sectores socio-culturales emergentes son capaces también e utilizar la tecnología (bélica) que se filtra de los centros mundiales de poder, y establecer células de oposición y boicot que acaban por poner en tela de juicio la aparentemente aplastante supremacía del llamado primer mundo, y particularmente de sus centros financieros y económicos.

La imagen más clara fue la del histórico 11 de septiembre, en el corazón de Manhattan. Figuras como Bin Laden o Saddam Hussain acaban convirtiéndose para muchos en los líderes mundiales de una nueva modalidad de oposición a las aspiraciones imperialistas de los EE.UU.. Pero también del terror generalizado. 

3. Otro mundo es posible

Es mucha la gente que se resigna pasivamente a vivir en el mundo que nos circunda. Pero también es mucha la que piensa que ‘otro mundo es posible’, y que muchos grupos humanos tienen derecho a la diversidad, a ser distintos (y aquí fue emblemática la figura del Comandante Marcos, en México). Grupos culturales, raciales, de género, minorías habitualmente no consideradas en el marco amplio de un mundo que pretende tender a la homogeneización ‘standard’ de personas y pueblos. Hoy se clama por el derecho a las diferencias, a tonalidades de vida más originales que las de los opacos grises.

En esta variadísima gama de expresiones y grupos humanos se da primacía a la persona, se propicia el clima de reconocimiento y pertenencia. Ante la mirada global, son grupos excluidos y marginados que se cayeron del mundo, pero desde esos mismos grupos ese es su ‘único’ mundo real, desde el cual a su vez las personas pueden abrirse y relacionarse en red con otros entornos y contextos humanos. Comunidades de base, grupos de mujeres, homosexuales, piqueteros, villeros, campesinos, aborígenes, negros, desocupados, jubilados, ahorristas, víctimas de alguna injusticia, etc. En muchos prima un reclamo específico, en otros se llega a compartir un estilo de vida: aquellos son más ‘coyunturales’, éstos más ‘culturales’. 

4. Los nuevos emergentes religiosos

La religiosidad de las personas también ha ido transformándose de modo significativo. Ya no es solamente el repliegue moderno sobre la propia subjetividad creyente ni la opuesta identificación con un sistema institucional de creencias (religiones, Iglesias), sino la búsqueda de una armonía psicoespiritual que la ajetreada vida parece empeñarse en quitar. La religiosidad postmoderna, al igual que la ética, tiene también mucho de ‘estética’. Es útil en función de estar bien, de hallarse en un clima agradable.

Para este fin es tan válido el yoga, como la meditación trascendental o la aromoterapia. Las situaciones tensas de la vida vienen respondidas desde los pronósticos de la ufología y la adivinación. En todo esto se valora lo cósmico y lo corporal. Se integran las religiones orientales, la gnosis teosófica y los símbolos cristianos en el eclecticismo de la Nueva Era.

Pero también las cuestiones más sentidas de la vida tienen espacio en estas nuevas manifestaciones religiosas. Hay consejeros para cuestiones laborales, amorosas o de salud; hay espíritus africanos que se posesionan de las personas (los orixás); están también los para nosotros clásicos santitos que se presentan como respondiendo a cada necesidad humana. Por último las mismas fiestas religiosas en las cuales converge el canto, la danza y la bebida espirituosa. En todo esto se ve claro que el fenómeno religioso sigue muy de cerca al fenómeno cultural: las transformaciones en uno son transformaciones en el otro. 

5. Redescubrir la novedad evangélica

¿Qué significación tiene el Evangelio en este contexto? La misma pregunta supone lectores creyentes. ¿Qué significa la Iglesia? ¿Qué significa su pastoral, es decir, su propuesta de fe, de celebración y de vida? Porque hoy se trata de eso: de una cuestión de significación y sentido. ¿Qué es lo que hace que una propuesta religiosa más no sea meramente anecdótica? Además la propuesta evangélica no se presenta hoy de un modo único. No sólo debido a la diversidad de Iglesias, sino a la diversidad de modelos y tendencias dentro de una misma Iglesia.

En Argentina, por ejemplo, no es lo mismo la propuesta de fe que puede hacer una CEB o un grupo carismático; el Opus Dei o la comunidad que anima la pastoral de un santuario, el Instituto del Verbo Encarnado o la pastoral de una parroquia. Además muchos nuevos grupos y movimientos religiosos no católicos asumen despreocupadamente los signos tradicionalmente católicos. O también, ¿qué significación tiene la fe en un continente postcristiano como Europa?

El cambio de época puede dejarnos a veces tan perplejos que tengamos también que detenernos en la pregunta de Jesús a los primeros discípulos: ‘¿Qué buscan?’ Creo que hoy nos cuesta identificar con claridad lo que buscamos. No sabemos bien cuáles son nuestros deseos más profundos. Al menos no lo sabemos una vez satisfechas las necesidades básicas. ¿Buscamos lugares, experiencias, sentido, ambientes, personas, novedades, o qué? 

6. Las necesidades y deseos profundos de las personas

Tal vez cada edad, al menos entre nosotros, tenga sus búsquedas y necesidades específicas. Si el sentimiento religioso tiende a manifestarse de un modo más claro y personal en el adolescencia, tal vez prime la necesidad de contención y afecto. Por eso los grupos cristianos que mejor ofrecen este nivel de pertenencia tienen mayor eco entre los más jóvenes.

Pero luego la necesidad pasa por la autonomía, conseguir un empleo o emanciparse, cosa que muy poca gente hoy logra o –vaya contradicción- tiene ganas de lograr: así se produce una nueva recaída narcisista en los jóvenes-adultos que terminan reciclando su adolescencia. Para quienes rondan los 40’, tal vez la búsqueda más imperiosa sea la de certezas: empieza a vislumbrarse el planteo más radicalmente religioso de la existencia humana. Certezas y seguridades porque tal vez muchas ya hayan caído para ese momento. Muchos puede que no hayan podido terminar de encauzar bien su mundo afectivo o laboral, otros que hagan experiencia de marginación, otros que empiecen a conformarse con resultados mucho más modestos.

A partir de los 50’ la crisis tal vez más significativa pase por el no contar más: el mundo seguirá sus vertiginosas transformaciones más allá de ellos. Probablemente surjan ya algunos achaques, que a partir de los 60’ serán notorios. Así, Dios empezará a ser el baluarte más seguro en quien ir depositando progresivamente la existencia, cada vez más despojada de títulos, reconocimientos, personas y pertenencias. Un prolongado e indefinido período kenótico que en algún momento desembocará en la muerte. 

7. Encontrarse con Jesucristo en el seno trinitario

El rápido recorrido psicológico parece convergir en algo con lo esbozado desde lo social. La fe cristiana no dejará de ser anecdótica y su significación será prácticamente irrelevante hasta que no se termine finalmente excluido a los ojos del mundo. Sólo desde la experiencia de fragilidad y fracaso, parecería empezar a ser iluminadora la cruz de Cristo. Sólo después de haber luchado y trabajado denodadamente por lo que psico-socialmente se derrumbó es que puede emerger sentido de la pascua. Sólo de entre las cenizas puede surgir el sereno fuego sagrado, una vez incineradas todas las demás expectativas y proyectos.

Sólo al final de una dramática, oscura y dolorosa pendiente, cuando la pérdida de toda otra expectativa y seguridad nos confronta con lo más original de nuestro yo, adoptado filialmente en el Hijo por el Espíritu. Sólo cuando la autoimagen y los roles sociales estallan hecho añicos podrá empezar a resplandecer la inhabitación trinitaria. Sólo entonces nuestra persona se puebla de presencia y nos descubrimos ‘soledad habitada’. Si no, se perpetuará la inmadurez humana y religiosa, y nos quedaremos con una consideración a la larga pobre respecto a la inmensa riqueza de nuestro ser. Sólo en la cruz de la agonía el ‘buen ladrón’ de Lucas escuchó las palabras salvíficas: ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’. Sólo en el fracaso de su vida de recaudador de impuestos y promesa concreta de cambio Zaqueo escuchará: ‘Hoy ha entrado la salvación a esta casa’. 

8. Experiencia humana y experiencia creyente

Lo dicho muestra que hoy más que nunca la experiencia creyente presupone experiencia humana. El anuncio sólo es fecundo en el humus de la vida, y nunca sin ella. Quien no ha vivido difícilmente pueda creer. La fe es adentramiento gratuito en lo más profundo de la experiencia humana: la encarnación da pleno sentido a esta afirmación quasi-empírica.

La fe redimensiona entonces las posibilidades humanas, pero ya no desde la autoposesión sino más bien desde la desapropiación: ‘Ya no vivo yo, sino Cristo en mí’. Y todo lo anterior pasa a ser ‘basura’ a causa del conocimiento del Hijo de Dios. La vida alcanza un nivel de unidad anteriormente insospechado. Es el que viven los humildes y sencillos, los que acaban siendo capaces de ver al Señor en las pequeñas cosas una vez expulsados de la sinagoga del mundo, los que han trascendido las categorías cronométricas del tiempo y han descubierto que el devenir es sobre todo kairós, tiempo de salvación y encuentro.

 

9. La Iglesia, sacramento de la vida trinitaria

Pero esta experiencia luminosa no puede hacerse si no hay mediaciones que la iluminen. Hoy más que maestros se precisan testigos. Personas que habiendo hecho esta experiencia sean capaces de vivirla con lazos comunitarios. Aquí aflora en toda su novedad la comunidad cristiana: cristiana si es capaz de vivir con sencillez de corazón relaciones verdaderamente fraternas que sean reflejo elocuente y encarnado de la perijoresis (=circulación de vida) trinitaria, si son capaces esos hermanos y hermanas de vivir relaciones de reciprocidad que les permita estar unos/as en otros/as como el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre mediante un mismo Espíritu.

Esta reciprocidad sólo factible cuando se vive la caridad de Dios en el seno trinitario, como unidad en la diversidad en la Iglesia familia, con lazos de concordia y actitudes incluyentes, abiertas y dialógicas. Sólo las comunidades que vivan estas actitudes en solidaridad con el entorno podrán hacer crecer personas que ‘sean amadas por todos’, y se constituirán en iconos de la Trinidad. Probablemente su misma existencia sea un elocuente anuncio kerygmático para quien haya experimentado en profundidad la transitoriedad y veleidad de las cosas de este mundo. 

10. Las dimensiones del testimonio

¿Cuáles son las dimensiones que la comunidad eclesial deberá vivir y a las que el nuevo converso se unirá? Clásicamente son tres: la sacerdotal, profética y real.

La dimensión sacerdotal hace a la oración celebrativa, litúrgicamente configurada a partir de la vida sacramental. Tiene que ver con la experiencia del misterio trascendente, con la fuente trinitaria de la vida teologal. Hace del cristiano un sacerdote de la creación, lo posiciona teologalmente, frente a la vida diaria, le permite captar la trascendencia de lo que aparentemente ‘no es sino sólo’. Da espacio a lo humano (por ejemplo, a la vida, al amor y al dolor), a los eventos, a las personas, a las cosas, unificando en ese espacio habitado la vida. Hace del creyente un adorador en espíritu y verdad, partícipe anticipado del Reino y plenitud definitivas. Esta experiencia es naturalmente comunitaria y eclesial: funda e incrementa los vínculos fraternos a partir del misterio pascual de Jesucristo y la efusión del Espíritu.

La dimensión profética hace  la fe interiorizada, proclamada y testimoniada. Supone un talante específico de posicionamiento en el mundo y ante lo real. Pone una palabra autoimplicativa a la existencia personal y comunitaria. Se manifiesta en la profesión de fe, se nutre de la catequesis, la lectura bíblica, la praxis homilética y el quehacer teológico. Más que maestros genera testigos de Jesucristo, anunciadores ungidos del Reino, capaces de amor ‘hasta el fin’. Transforma los criterios últimos de juicio en las personas y en la cultura, superando ambigüedades e inconsistencias, y va gestando una sabiduría que se acrisola día a día por la acción tranfiguradora del Espíritu.

La dimensión real hace a la vida concreta vivida en caridad y a los lazos comunitarios fundados en la fe. Manifiesta el Señorío de Cristo en el cristiano y sobre los poderes de este mundo, y en él nos constituye en ciudadanos del cielo. Hace a la capacidad de impregnación y transformación desde la fe de la figura de este mundo que pasa. Alienta la solidaridad y la esperanza, anticipa lo definitivo y escatológico. Hace de este mundo un lugar más habitable, más humano, más incluyente y comunitario.  

11. La originalidad vocacional de cada uno/a

Esta vivencia eclesial que se nutre fontalmente del misterio trinitario, se fortalece en la comunión fraterna y anima la caridad generosa y gratuita en la misión, adopta modalidades diversas en cada una de las personas. Cada convertido al Señor tiene sus dones y carismas, reflejos de su vocación cristiana específica. Vocación que es un misterio original del Espíritu en cada persona. Por más que podamos establecer tipologías a priori, la vocación de cada uno/a es siempre ‘inédita’: no se hace con ningún molde previo.

Toda vocación surge de una experiencia agradecida de cara a la vida. Tal vez la mejor definición del cristiano es la de la persona que capta en profundidad lo que significa el don de la vida nueva gracias a la mirada teologal que tiene de sí mismo. A su vez, la gratitud conduce a la gratuidad. La gratuidad hace vivir con entusiasmo y alegría, pese a las dificultades y al mismo misterio de la cruz, que enmarcado en un contexto pascual es –en realidad- fuente de maduración para el cristiano.

En esta experiencia pascual convergen todas las búsquedas y prácticas religiosas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, cobran sentido todos los aparentes sinsentidos, se fortalece la vida teologal, se inspiran las iniciativas solidarias y se integran las energías humanas. Porque este misterio pascual es, al fin de cuentas, la manifestación plena del misterio trinitario: en él participamos de la eterna autocomunicación divina del Padre y el Hijo en un mismo Espíritu.

GERARDO DANIEL RAMOS SCJ             


 

[1] Rahner, K., Espiritualidad antigua y actual, Escritos de Teología VII,25 (Citado por V. Azcuy).

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