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_______________________________________________________________________________________ El deseo de Dios A Dios no lo podemos ver, pero sí hay una experiencia universal que con los años aflora casi inevitablemente en la vida de toda persona que viene a este mundo y testimonia su presencia, es el hondo anhelo de sentido y trascendencia que experimentamos los seres humanos. Éste puede adquirir muchos rostros, como lo testimonia la historia del siglo XX con sus dramáticas ideologías, pero normalmente remite a una búsqueda personal e indelegable. De la misma ya daba cuenta san Agustín de Hipona, a fines del siglo IV y en plena crisis del Imperio Romano de Occidente: “Te buscaba por fuera, y Tú estabas dentro, más interior que lo más íntimo de mi ser”. Una época sensible a lo religioso Como en tiempos de Agustín, también hoy atravesamos una época de profundas transformaciones. Cuando hace algunos meses leí el clásico libro de los sesenta La ciudad secular de H. Cox, en donde el autor hace una interpretación del cristianismo en clave socio-política en un contexto de “irreversible” secularización, mostrando cómo lo místico debe dar paso a lo profético y esto a la transformación de la sociedad, no pude dejar de pensar lo mucho que cambió Occidente en estos últimos cuarenta años. Por cierto, el libro es muy interesante para resaltar el aporte del cristianismo a una legítima y a veces saludable secularización del mundo, que habiendo llegado a una mayoría de edad, quiere ir más allá de los prejuicios y tabúes de las religiones, de la mano de los “maestros de la sospecha”. Sin embargo, en el transcurso de estos últimos veinte años, el contexto cultural hegemónico nos ha ido llevando casi a la antípoda de aquella tendencia. Hoy el mundo parece haberse “re-encantado”, y la aproximación a lo real haber adquirido connotaciones casi mágicas. De la fe circunscripta a los límites de la razón se pasó a un regresivo mundo postmoderno, en donde lo religioso cuenta y mucho. Frente a esta constatación del retorno de lo religioso, no puede dejarse de percibir la ambigüedad del fenómeno. Por un lado éste denota una búsqueda impostergable de Dios, pero por otro, manifiesta también la presencia de residuos primitivos con características sumamente subjetivas y a veces hasta peligrosos. Podemos percibirlo en producciones culturales como Harry Potter o El Código Da Vinci, en donde lo religioso se trastoca en mágico, con características más de entretenimiento que de transformación real de la vida, pero también en el rebrote de los fundamentalismos políticos, en países como Estados Unidos, Irán o India. Una característica común de esta nueva impostación cultural es la búsqueda de lo simbólico. En todos estos casos se busca ir más allá de lo meramente racional, y del adagio de “lo claro y distinto” que caracterizó a la modernidad desde los tiempos de E. Kant. Frente al fracaso de la razón moderna, expresado por ejemplo en las guerras mundiales y en el temor a una posible hecatombe mundial, hoy se prefiere la racionalidad simbólica a la racionalidad conceptual. Hoy dice más el icono que la palabra, la imagen que el discurso, y esto muchas veces con connotaciones lindantes a lo mítico. Las variantes de una búsqueda Estas nuevas expresiones tienen lugar en lo que podría denominarse un “supermercado de lo religioso”. En las góndolas de este supermercado puede encontrarse todo lo que se ande necesitando, y adquirirse sin tener que rendir cuentas a nadie. Se seleccionan los llamados “bienes simbólicos” de acuerdo a la ocasional necesidad del consumidor. En las góndolas hay productos de las más variadas procedencias: de las conocidas a las más exóticas y extravagantes. En el ámbito del catolicismo también sucede algo parecido. Un ejemplo claro es el de la “santuarización de la vida pastoral”. Mucha gente peregrina de templo en templo en fechas claves, siguiendo el calendario litúrgico de las festividades de santos. A cada uno puede pedírsele algo específico: a San Cayetano, a Santa Rita, a la Medalla Milagrosa, a San Expedito... Sin embargo el fenómeno no se detiene allí. La otra vez pude comprobar por internet que mucha gente que compra libros de espiritualidad cristiana, “consume” también los de Osho. En las librerías, la ciencia se mezcla con los textos de autoayuda y esoterismo. Es cierto que el sincretismo no es algo nuevo, pero hoy éste se produce consciente e intencionalmente. Se piensa que es mejor la variedad a la rutina de “siempre lo mismo”. Parafraseando a F. Niestzche, gustan más las nuevas diosas que el único Dios del cristianismo. En muchos casos esto es válido para resignificar lo religioso expresándolo en términos más acordes a nuestro tiempo, pero en otros termina generando una religiosidad muy difusa y sin compromiso. El desafío de un discernimiento Por lo dicho, se impone la necesidad de un discernimiento. Éste tiene que versar en relación a lo teologal, es decir, en torno a la fe en cuanto ésta se manifiesta y expresa en actos cultuales y de vida concretos. No todo lo que brilla es oro, ni todo lo aparentemente opaco deja de ser, por lo mismo, metal noble. Hoy no bastan las miradas superficiales: hay que detenerse y discernir con hondura. Es así que no se deben confundir las formas con el contenido. Como en toda transición histórica hay mucho de arcaico que es “puro estuche”, y hay mucho de emergente, no plenamente identificado aún con las formas tradicionales de cristianismo, que sin embargo conlleva valor evidente. Al respecto fue muy interesante la distinción propuesta hace ya cincuenta años por el teólogo K. Rahner entre lo explícito y lo implícito de la fe, dado que esta distinción contribuye mucho al discernimiento de los valores teologales. Esta última apreciación se relaciona con el desafío de la autenticidad. Como lo sostenía Pablo VI, el mundo de hoy necesita más testigos que maestros, ya que si cree en los maestros es porque éstos son testigos. La unidad y santidad de vida son hoy esenciales al momento de tener que comunicar la fe. Pero también son necesarias para discernir los caminos de Dios de cara a la enmarañada complejidad de nuestro tiempo. Nuestra contribución pastoral Con estas premisas, nos compete hoy a los cristianos ayudar a descubrir la presencia ignorada de Dios a los hombres y mujeres que peregrinan con nosotros por la historia humana del nuevo milenio. Porque el deseo de Dios no puede reemplazarse con el consumismo a ultranza, ni con los vaivenes del sexo desordenado, ni con el afán de dominio y poder. Por el contrario, todas estas búsquedas sustitutas generan lo que el filósofo español A. López Quintás denomina “devastación espiritual”. El incremento exponencial del consumo de drogas da cuenta de la “náusea” a la que ésta conduce, y en la que muchas veces hoy se vive y se padece.
Para ayudar a
descubrir la presencia de Dios, debemos ofrecer elementos de crecimiento y
desarrollo de la fe, que inviten a desplegar procesos (neo)catecumentales en
las personas atraídas por el mundo de lo religioso. Estos elementos son la
palabra de Dios, la iniciación a la oración, la vida en comunidad, el
sentido de lo celebrativo, los estímulos a la introspección y a la
trascendencia de sí, que se relacionan con la fe y el amor. En todo esto y
según lo dicho, la vertiente testimonial resulta absolutamente ineludible. La revelación en Jesucristo Las personas siempre hemos tenido curiosidad por lo novedoso. Cuando hoy en África alguien va de visita a otro lugar, lo primero que se le pide son “las noticias”. Como si los seres humanos no pudiésemos vivir en la rutina, sin recibir de tanto en tanto el anuncio de algo nuevo. Sin embargo, conocemos también la experiencia opuesta del hastío, y que en la vida no se trata meramente de sustituir por sustituir para alejar el aburrimiento. En realidad, lo que las personas esperamos es algo de otro orden, absolutamente inédito, cualitativamente superior. Para nosotros, los cristianos, la novedad absoluta nos viene ofrecida en la persona de Jesús. El camino de las religiones Siempre y en todo lugar las personas buscaron a Dios. Los mitos y ritos de los pueblos antiguos, como así también la variada gama de tradiciones religiosas vivas en el mundo de hoy dan cuenta de ello. El hombre es un ser evidentemente religioso, abierto a lo “fascinante y tremendo de Dios”, a lo “totalmente Otro” de su misterio. Los estudios de R. Otto, M. Eliade, van der Leew y tantos otros fenomenólogos de la religión nos han permitido ir descubriendo las originalidades y comunes denominadores de la búsqueda religiosa de la humanidad. Pero además, en tiempos más recientes, hemos sido testigos de caminos implícitos de fe. Tantos creyentes anónimos que en ocasiones buscaron a Dios, incluso a veces yendo detrás de ideologías secularizadas, o más dramáticamente, tantas personas que caminando casi a contracorriente de los valores del Reino se dejaron seducir por los falsos mesianismos del marxismo, del nacionalsocialismo o del fascismo, hallando finalmente lo opuesto a lo que anhelaban. Por el contrario, hoy existe una profunda sensibilidad frente a la variedad de tradiciones religiosas. Se piensa que es mejor incluirlas a todas que optar por una. Es así que los sincretismos pululan, y las identidades se hacen difusas. Sin embargo, detrás de esta búsqueda hay algo de auténtico. Se busca la mística oriental, el humanismo cristiano, la devoción musulmana, el sentido ecológico del budismo, el irenismo de la New Age o la expresividad corporal de las religiones africanas. El evento Jesucristo Para nosotros los cristianos, Dios fue saliendo a nuestro encuentro. No es que nosotros lo busquemos a Él, sino que Él nos buscó a nosotros: si nosotros lo buscamos es porque previamente Él nos encontró. Y este encuentro tiene un nombre concreto: Jesucristo. Él es el único y definitivo mediador para este encuentro. En Él Dios pasa a ser connatural a nuestra vida, y lo cotidiano comienza a remitir a lo divino. En Jesucristo, Dios adquiere el rostro del amor, desplazando el temor. En efecto, Jesús nos dio a conocer el rostro de Dios como Padre, y lo hizo con palabras y gestos “intrínsecamente vinculados”: en parábolas y en acciones de amor y misericordia. Nos describió e instauró el Reino entre nosotros. Lo hizo con su vida y con su muerte. En Él el Padre nos lo ha dicho todo y ya no tiene otra palabra (San Juan de la Cruz): Jesús es la plenitud de la expresión divina. Y para que lo comprendamos nos envió el Espíritu Santo, manifestación personalizada e incluyente de su amor con el Padre. Es así que la Iglesia, a lo largo del tiempo, ha ido discerniendo y comprendiendo, definiendo y enseñando el contenido de esta Palabra recibida a modo de “depósito de fe” (depositum fidei) para la vida del mundo. Y una de las cosas que más le ha servido en esta tarea de “creer” y “enseñar” han sido las dificultades surgidas en la confrontación, a veces interna, con grupos heterodoxos. Resulta claro que las herejías de todos los tiempos nos han ido permitiendo conocer mejor la fe ortodoxa. Jesucristo y las religiones Los fundadores de religiones introdujeron elementos novedosos al momento de ayudar a los pueblos concretos a vivir su relación con Dios. Todos ellos fueron personas particularmente iluminadas por Dios. A través de cada uno de ellos Dios dijo algo a la humanidad. En cada uno de ellos podemos leer una presencia implícita de Jesús. Todos ellos nos hablan en cierto modo de Él como mediador único e irrepetible: los cristianos creemos que Jesús los incluye a todos, y que en virtud suya, las religiones se han convertido en verdaderos caminos de salvación. Es así que el cristianismo ha echado sobre las religiones una mayor luz, permitiéndoles descubrirse con mayor hondura. En contrapartida, las religiones nos han hecho recordar a los cristianos aspectos de nuestra fe que muchas veces estuvieron aletargados: el sentido de la devoción, de lo sagrado, del misterio, del martirio, de la compasión... Hoy no podríamos hacer una teología cristiana seria sin una significativa consideración de las tradiciones religiosas de los pueblos. Un diálogo franco y fecundo “Diálogo” no es sinónimo de “irenismo”. En él no se puede relativizar ni negociar la verdad, ya que entonces ese diálogo perdería consistencia: lo que caracteriza al auténtico diálogo es justamente la búsqueda conjunta y apasionada de la verdad. De este modo, se la puede comprender de un modo nuevo y con mayores colores. Por ello es necesario dialogar con caridad, y uno de los presupuestos de esta caridad es “ir en verdad” (a decir de santa Teresa de Ávila). Caritas in veritate, la caridad en la verdad, es justamente el título de la encíclica social de Benedicto XVI. El diálogo exige reciprocidad. Supone la convicción de que hay un dar y un recibir, que todos estamos en condiciones de ofrecer y de enriquecernos en esta aproximación a lo que las cosas son. Entre las riquezas de las naciones aportadas al cristianismo está la originalidad de sus tradiciones religiosas, y entre las riquezas donadas por el cristianismo a los pueblos está la clave para mirar con mayor hondura sus propias vidas y tradiciones religiosas. De ahí que en nuestro tiempo los cristianos estemos llamados a vivir con una mayor hondura teologal. Ésta nos hace percibir el misterio de Dios como realmente presente en la vida de los pueblos no cristianos, lo que san Justino denominaba las semina Verbi, las “semillas de Dios”. Así, una mayor hondura teologal nos permite descubrir caminos inéditos para una misión inculturada. Es decir, una misión que no proceda por sustitución de lo que “ya había”, sino que permita descubrir en ello la presencia de Jesús, la Palabra de Dios hecha carne ya presente en nuestro mundo. Una de las cosas que más puede reprocharse la Iglesia en la historia de la evangelización es el haber buscado en muchas ocasiones imponer la verdad. Esta actitud desdibujó el anuncio y generó resistencias o incluso rechazos. Y cuando no, anuló la originalidad del ethos de muchos pueblos, dentro de lo cual estaba el modo propio de vivir y celebrar su vertiente religiosa. En contrapartida, una de las principales adquisiciones de la Iglesia a lo largo del siglo XX fue la de descubrir y fomentar la verdadera libertad religiosa, asociada íntimamente a la dignidad de las personas. Porque solo en el respeto mutuo de las religiones y de las personas religiosas puede acontecer el Reino de Dios. El acto de fe Las personas necesitamos creer. Sin fe en algo o en alguien no podríamos crecer, ya que no tendríamos como referencia otra cosa que una experiencia propia muy limitada. Es por este motivo que la mayor parte de nuestros conocimientos los adquirimos sin constatar empíricamente su veracidad. Posiblemente ninguno de nosotros estuvo en Japón, y no obstante nadie duda de su existencia: le creemos a los mapas o a los libros. Tampoco ninguno de nosotros vio una bacteria, sino su diseño en una fotografía o, a lo sumo, su figura a través de un microscopio. Hoy nadie duda de que las imágenes que se transmiten por televisión dejen de ser ciertas: tanto es así que en alguna ocasión fuimos “engañados” en nuestra “buena fe” con un pavo de plástico… ¿Qué significa ‘creer’? Por lo dicho, la noción de “creer” tiene cierta ambigüedad. Creer puede ayudarnos a desarrollar como personas, pero también puede inducirnos al error. Aceptando algo acríticamente, por ejemplo, podemos asumir como verdadera una apreciación falsa de la realidad. Por eso, en la experiencia concreta, tendemos a creer lo que se dice o se muestra como verídico. Pero también tendemos a fiarnos de lo dicho en consideración de la autoridad, confianza o integridad moral de quién lo dice. Tenderemos a creer más fácilmente a un allegado que a un extraño, a un especialista que a un aficionado, a una persona honesta que a un corrupto, a una persona seria que a un ilusionista. Dios no puede engañar ni engañarse. Si Él nos dirige y nos muestra la Palabra no cabe duda de que debemos aceptarla por la fe. Es esta fe la que nos permite creer, por ejemplo, en el dogma de la Trinidad o en el misterio de la Encarnación. Es la misma fe la que nos hace confiar en la promesa de vida eterna, que así fundamenta nuestra esperanza. Sin embargo, por respeto a nuestra libertad, Dios ha hecho que nada en la revelación resulte tan absolutamente claro y evidente que no tengamos un mínimo margen como para rechazarla, y con ella a Él. Es exactamente lo mismo que nos ocurre en relación al amor: condición para amar es que también podamos estar en condiciones de hacer justamente lo contrario. A la fe se añade la propia experiencia fáctica. Como en otros órdenes de la vida, en los cuales lo que primero hemos aceptado por fe no se ve contradicho sino más bien corroborado por la experiencia, también en nuestro itinerario creyente vamos percibiendo la racionalidad o lógica interna de lo que creemos. Es así que la razón nos ayuda no sólo a descubrir la conveniencia de la fe, sino también a comprender mejor lo que ya hemos creído. Autores medievales como san Agustín de Hipona y san Anselmo de Aosta afirmaban que la fe pide la razón y la razón pide la fe. Existe una “circularidad interpretativa” entre ambas: una conlleva y exige la otra. Por eso, cuando en la modernidad fe y razón surquen caminos paralelos o incluso antagónicos, la fe se pervertirá en fideísmo y la razón oscilará entre el racionalismo presuntuoso y el escepticismo claudicante. Palabra escuchada y recibida Lo dicho nos hace pensar que el acto de fe tiene dos momentos. El primero es el de la escucha, o auditus fidei y el segundo es el de la comprensión o intellectus fidei. Ambos se fecundan mutuamente: la escucha se ve estimulada por la comprensión, que a su vez la supone. Escuchamos la fe no sólo dicha al corazón por el Espíritu, sino también en la voz de la tradición eclesial, comenzando en primer lugar por las Sagradas Escrituras, y siguiendo por los Padres de la Iglesia, los Doctores y el Magisterio eclesial. Recibimos la fe no solo creyendo, sino también buscando comprender las connotaciones que esa fe debe tener en nuestra vida práctica. Por eso aquí hay algo más. Lo que se escucha no es solamente un mensaje, a saber, lo que se denomina la fe objetiva (fides quod), lo que compendiamos en el Credo o Símbolo de Fe, sino sobre todo a una persona que es uno de la Trinidad, y a la que se acepta en el centro de la propia vida. Por eso esta actitud de escucha nos hace poner en actitud de disponibilidad y amor frente al misterio de Dios (fides quem). Recibimos al Señor en nuestra vida porque el Espíritu nos posibilita hacerlo (fe subjetiva o fides qua) y así nuestra existencia se abre a la iniciativa de Dios que en su origen es Padre. La meditación de la fe (cogitatio fidei) se desarrolla en este contexto cordial y totalizante de la existencia. Nos permite adquirir una nueva mirada sobre nosotros mismos y de la misma realidad circundante. La fe nos da nueva luz para interpretar los acontecimientos. Todo lo que conocemos deja de “no ser sino” para convertirse en un “no ser solo”: pasamos así de la sospecha a la admiración. Como Dios, y por analogía, también lo real pasa a ser siempre más de lo que a primera vista parece, y así nuestra vida se enriquece y expande. Dimensión autoimplicativa de la fe Por afectar nuestras vidas radicalmente, la fe tiene un componente fuertemente autoimplicativo. El dinamismo de la fe impregna no solo nuestra inteligencia, sino también nuestra voluntad y nuestra afectividad. En consecuencia, la conversión tendrá componentes no solo racionales (a saber, otra mirada del mundo), sino también volitivos (otra orientación de nuestra vida) y afectivos (otros sentimientos y deseos). Por eso la fe conlleva una nueva moral y un nuevo mundo simbólico, puesto de manifiesto sobre todo en la liturgia. La fe posibilita así lo que denominamos vida teologal, es decir, un orden abierto de la existencia que denominamos esperanza, y un acercamiento nuevo a Dios y a las personas, que llamamos caridad. Amando comprendemos mejor y esperamos más, esperando consolidamos la fe y nutrimos el amor. Desde san Agustín y pasando por santo Tomás de Aquino, los autores medievales asociaban las virtudes teologales a diferentes dimensiones antropológicas. La fe iluminaba la inteligencia, la esperanza transformaba la memoria (asociada al mundo sensitivo) y la caridad fortalecía a la voluntad. Así y en el contexto de una antropología clásica, lo que estos autores querían expresar era la vertiente totalizante intrínseca a la vida teologal, que nos hace vivir en todo como Jesús lo haría en nuestro lugar. Ortodoxia y ortopraxis Por lo dicho, fe y testimonio deben ir juntos. No podrían contraponerse o desconocerse la “ortodoxia” y la “ortopraxis”: el decir y obrar correctos. Esto es importante recordarlo especialmente en el continente americano, y particularmente en Argentina, donde uno de los problemas más significativos que tenemos los creyentes es la notoria escisión entre la fe proclamada y la vida vivida. Pero también es importante recordarlo de cara a un mundo que espera sobre todo la elocuencia de las actitudes y la mediación humana del testimonio cristiano. Es así que los discípulos de Jesús debemos revisar la consistencia de nuestro discurso de fe, como así también la solidez de nuestra praxis caritativa. Debemos evitar tanto las proclamaciones huecas como los activismos superficiales. La santidad cristiana exige unidad de vida, y el acto de fe la promueve y consolida. Gerardo Daniel Ramos SCJ
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