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Experiencia de Dios


Una nota de:
Willigis Jäger

Publicada en: www.derecho-viejo.com.ar
 



 

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“Y Dios dijo a Abraham: Vete a tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición” (Gén 12-1). Este texto se cita y se comenta con frecuencia. Las Sagradas Escrituras pueden interpretarse de diferentes maneras, desde el punto de vista moral, histórico, psicológico o también espiritual. A mí me importa la interpretación espiritual, que es la de la mística.

Este año he celebrado mi 77 cumpleaños. Se cuenta que Abraham tenía 75 años cuando Dios le dijo: “Vete de aquí”. Cuando leí este texto, me impresionó de una forma especial. Esta orden clara “vete de tu país y de tus parientes y de la casa de tu padre a un país que yo te mostraré” se interpreta desde la mística como ir soltando los apegos personales. Dios no le dice a Abraham a dónde debe ir. Tan sólo le dice que cuando llegue el tiempo se lo mostrará. Simplemente le dice: “Vete”. Esto es lo que importa aquí: Aléjate de las personas que constituían tu familia, márchate de la casa que te daba seguridad, vete del pueblo al que perteneces.

Pero para la mística esto no es suficiente, ni tampoco lo más importante. Su exigencia es: ¡Despréndete de tus conceptos religiosos! ¡Despréndete de las palabras, imágenes y conceptos que tengas de Dios! Deja la seguridad de la mano protectora de Dios. Despídete de la imagen que te hayas forjado de ti, de la aureola que otros colocan sobre ti o sobre la comunidad que te ha sostenido. Y lo más difícil de todo: abandona la identidad superficial de tu yo. La muerte del yo es el requisito para la experiencia de Dios. Abandona tu miedo a la muerte del yo ¡Ten confianza!

La auténtica experiencia de Dios libera de todo miedo, inclusive del miedo de la pérdida del yo. Pablo intenta explicárnoslo con la frase: “No vivo yo, sino Cristo vive en mí” (Gal 2,20). Estas palabras no significan que Cristo viva físicamente en él, expresan que su Ser más hondo es conciencia crística, es decir, conciencia de Dios. No se experimenta como “viejo Cristo” sino como “ipse Christus”; no como una conciencia crística diferente, sino como Cristo mismo, como la conciencia crística única, equivalente a la conciencia de Dios, aparte de la cual no existe nada. Se refiere a la conciencia en sí, no a una conciencia de algo, ni tampoco a la conciencia de sí mismo. Pero la forma humana en la que esto ocurre tiene su papel, pues pertenece al yo de Dios. Soy un tú de Dios. Soy una ola del océano. El océano se experimenta en mí como ola. Somos uno con Dios, sin dejar de ser personas. Pero esta frase no la dice el yo, sino que la pronuncia nuestro Ser divino más hondo.

¡Abandona tu yo! El miedo ante el aniquilamiento es la mejor prueba de que ese yo personal angustiado no es nuestra identidad auténtica y real. Experimentaremos nuestra verdadera identidad divina cuando seamos capaces del desasimiento. Pero en ello radica también un peligro. Cuando la persona no es capaz de desprenderse enteramente de su yo, ocurre lo que en psicología se denomina “inflación”. Entonces el yo, de repente, se infla y dice “yo soy Cristo” o “yo soy Dios”. Esto supone justamente lo contrario de una experiencia auténtica. Es narcisismo espiritual, una forma de regresión. Esto nos demuestra que el nivel espiritual puede resultar peligroso, tiene dos caras diferentes. Por ello, toda experiencia auténtica tiene tres aspectos característicos: aporta una libertad enorme, una gran humildad y un amor que todo lo abarca. Si uno de estos aspectos falta, la experiencia no es auténtica.

¡Abandona a tus amistades! Habrá quienes te dejarán de lado. Habrá quienes estarán contra ti. Es algo que muchas personas experimentan cuando van por un camino espiritual. Apenas ha habido alguien que haya ido por un camino de esta índole sin haber padecido el descrédito. Muchas veces se quemaban no solamente los libros de esas personas sino también a ellas mismas. La tolerancia no es precisamente una característica de las confesiones religiosas.

¡Abandona tu rol! El rol de maestro, de sacerdote, de padre, de madre, de hombre, de mujer. La experiencia mística es como un cambio de papeles. No es que yo experimente a Dios, sino que Dios llega a la experiencia única en mí. Con ello, todo lo demás se vuelve irrelevante y, al mismo tiempo, cobra importancia de forma totalmente nueva.

Es un despertar de Dios, como lo expresa Juan de la Cruz. Por ello en la experiencia de Dios no hay ninguna cosa o ningún ser. Tan sólo hay infinidad, libertad experimentada en todas las cosas. Por ello no se trata de nada elevado. “Todas las cosas saben a Dios”, predica Eckhart. De esta forma la experiencia de Dios se vuelve idéntica a los sucesos cotidianos. Estas explicaciones son paradójicas y apuntan al misterio. La Realidad no es nada fijo y terminado, sino un proceso que se va revelando cada vez más a una conciencia cada vez más amplia. Es como una sinfonía que resuena para cada uno según la amplitud y profundidad de su capacidad de comprensión.

¡Abandona tu yo psicológico! La psicología nos ha deparado nuevos conocimientos sobre nuestra psique. A partir de estos conocimientos, las Sagradas Escrituras pueden interpretarse también desde el punto de vista psicológico y utilizarse como ayuda existencial. Pero la experiencia de Dios va más allá de la distinción entre inconsciente, subconsciente y consciente. También sobrepasa los primeros niveles de la psicología transpersonal. Tan sólo en la mente cósmica será factible una auténtica experiencia de Dios. Vacío y forma, Dios y mundo no están separados. Pero ya no se es el sujeto de la experiencia, solamente existe la experiencia en sí. En ella no hay nada más.

En estos casos los psicólogos aconsejan no ignorar nuestro inconsciente sino comenzar a trabajar con nuestras represiones, con la sombra. Toda experiencia auténtica va precedida por el conocimiento profundo de la cara oscura de la psique, la sombra, como ocurre en las experiencias cercanas a la muerte, en que a menudo se pasa revista a toda la vida, dejando todas las sombras al descubierto con completa nitidez. Puede que una persona esté profundamente iluminada pero, a pesar de ello, sigue teniendo aristas y ángulos sobre los que tendrá que trabajar.

¡Abandona tus conceptos teológicos! La persona experimenta la unidad cuando está totalmente presente, abierta y vaciada de todo. Todo concepto teológico limita. Pertenece al ámbito racional. Esto no significa que no deba haber teología, pero ésta es tan sólo una de las posibilidades de acercarse a Dios. La mera repetición de dogmas y de frases del catecismo, de lo que otros han dicho, no satisface. La revelación se vuelve revelación en aquél que la recibe. Lo decisivo no son las palabras, sino el hecho de que el receptor caiga en la cuenta. Lo que denominamos Dios siempre está presente. Es nuestra capacidad de captación la que decide en qué medida lo experimentamos. La contemplación va ampliando nuestra capacidad de captación; ésta se abrirá hacia el espacio transmental. Eckhart habla de la diferente capacidad de recepción del ser humano. La realidad está siempre presente, el recipiente es diferente. Puede ser amplio o pequeño.

¡Vete! Esta palabra que Dios le dice a Abraham lleva a un cambio de identidad radical. Conduce a un país nuevo, a un país que Dios va a mostrar a los que tienen el valor de marcharse. Y algo más dice Dios: “Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición”.

Dejarlo todo de esta forma no significa una retirada del mundo, sino todo lo contrario: conlleva una responsabilidad nueva. Conduce de vuelta a la familia y a la sociedad.

 Willigis Jäger             

 

Publicado en: Derecho Viejo nº 80- Julio 2008
Extraído de: Adonde nos lleva nuestro anhelo

Fuente: http://www.derecho-viejo.com.ar/articulos%202008/julio%2008.html

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