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Una reflexión del Presbítero Dr. Gerardo Daniel Ramos SCJ

 Hacia una teología polícroma en estilos y lenguajes
 

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El objetivo de este artículo es poner de manifiesto, desde mi propia experiencia e itinerario teológico en Argentina, y de cara a los significativos desafíos del cambio de época, el por qué y el cómo hoy se va haciendo cada vez más necesario y urgente que la teología incursione y profundice en el uso de nuevos estilos y lenguajes culturalmente disponibles.
 

Planteo del problema 

            En efecto, me parece que somos depositarios de una afianzada tradición teológica que si bien ha venido cosechando importantes logros en cuanto a los contenidos de su reflexión, no siempre avanzó –al menos no lo suficiente– como para lograr posicionarse de un modo significativo en los variados foros culturales del entramado socio-cultural argentino. Con lo que en cierto modo, la fe de los cristianos fue quedando en gran parte “exculturada”[1].

 

            Esto fue haciendo que, en ocasiones, también la teología haya dado una imagen social relativamente pobre, en la cual los teólogos terminaban siendo gente preocupada por hablar de temáticas sin relevancia existencial, respondiendo a preguntas que nadie se formulaba, o por el contrario –tal vez hoy sea éste un riesgo mayor– oponiéndose contraculturalmente a un pretendido progresismo. Si bien en la teología siempre deberá existir una dimensión profética respecto de la/s cultura/s dominante/s, creo que no siempre hemos logrado encontrar estilos y lenguajes de comunicación adecuados.

 

            Aclaro que esta observación es presumiblemente válida también para otros campos del saber, que pueden fosilizarse en sus específicos nichos de erudición, preservándose –al menos en cuanto posible– de la injerencia de otras disciplinas en sus pretendidos campos de competencia. El corolario de lo que estoy diciendo es que estos campos epistemológicos tendieron a quedar un tanto aislados del auténtico diálogo académico, y dificultaron el interés del hombre común –en nuestro caso– por una reflexión más profunda y fundada de su fe.

 

            Pienso que en esto fue incidiendo, además, lo que ha dado en llamarse “cambio de época”[2]. El pasaje de una modernidad científica, clara y distinta en sus apreciaciones racionales, altamente especulativa en términos filosóficos, y un tanto estructurada e institucionalizada en sus expresiones y manifestaciones religiosas, hacia una postmodernidad más simbólica, telúrica y afectiva, amante de una religiosidad corporal, interpersonal y cósmica[3], hace que los anteriores modos y modelos de vivencia y reflexión de la fe hayan ido quedando anquilosados, e incluso perimidos, en el imaginario social imperante. 

Variados estilos y lenguajes 

            Sin desmerecer el clásico valor de la neoescolástica, pienso que hoy los teólogos estamos llamados a incursionar en nuevos estilos y lenguajes. Voy a referirme brevemente a aquellos en los que me fui adentrando en estos últimos años como teólogo[4]. 

El ensayo y la novela

            El ensayo permite una aproximación más o menos libre a los temas que se abordan. En referencia a la teología, posibilita la entrada de aire fresco por medio de una narrativa abierta y dicente de lo teologal. Posee un lenguaje envolvente y sapiencial, cordial y accesible, con apreciaciones que teniendo fundamento científico (en expresión de S. Kovadloff, siendo “opinión fundada”) se comunican de modo ágil y ameno, casi coloquial. Posiblemente sea uno de los estilos teológicos más fecundos para un área cultural como la nuestra[5].

 

            La novela permite verter esos mismos contenidos de un modo más concentrado y estético, valiéndose de una trama más o menos motivadora, y de personajes que los encarnan y despliegan. Posiblemente requiera mayor técnica literaria por parte del teólogo que el ensayo, pero también puede llegar más profundamente a la vida del lector, dejándolo con imágenes que lo habilitan a una meditación y consideraciones personales[6]. 

La poesía y la música

            Si la novela concentra el ensayo, la poesía “satura”[7] la novela. Pasa de la metáfora implícita a la metáfora explícita. Posiblemente dé menos “qué pensar”, pero seguramente dará más “que gustar”. Su lenguaje evocativo, afectivo e imaginativo busca llegar más al corazón que a la razón. Y esto, en cierto modo para instalarse en quien interioriza el poema[8].

 

            Posiblemente, la poesía sea el género que requiera mayor decantación y densidad teologal, tanto en la fe vivida de quien escribe, como en la de quien accede al poema. Y si bien a la poesía le es intrínseca una cierta musicalidad implícita, una adecuada musicalización explícita suele conducirla a un nivel de expresividad probablemente más hondo que en su “estado natural”.

 

            Sin embargo, también la música puede expresarse con mayor espacio propio, e incluso con relativa independencia de la palabra teológica. Y entonces acontece que nos zambulle en el lenguaje de la evocación implícita, ya que nos acaba remitiendo a la sobrenatural trascendencia de lo real asumido en la carne del Verbo. Así, en cuanto logre expresar la profundidad de lo humano, la música será capaz de evocar de algún modo lo divino[9]. 

Especialización y divulgación

            La teología, en cuanto ciencia, debe seguir rigurosamente su propio método, con las ocho especializaciones funcionales indicadas por B. Lonergan[10], de modo que pueda alcanzar así sus conclusiones. Esto requerirá un importante esfuerzo de concentración, reflexión y discernimiento de opciones en relación a su objeto propio, a saber, el misterio de Dios mediado por la revelación[11].

 

            Pero también es necesaria la traducción del lenguaje erudito para el gran público: lo sabido por ciencia se debe poder comunicar con relativa sencillez. Haber comprendido la complejidad de un asunto tiene que conducir a poder explicarlo en términos más o menos accesibles “a los no iniciados”[12]. Al respecto, puede que todavía hoy padezcamos –al menos en ocasiones– un lamentable divorcio entre la teología académica especializada y una frágil reflexión pastoral. 

Lenguaje oral y escrito

            La comunicación teológica oral se ejercita por medio de simposios, conferencias, diálogos, jornadas, debates, paneles, clases y en cierto modo, también discursos y homilías. Tiene la ventaja de una cierta espontaneidad, propia de la palabra hablada, pero también el límite de su fugacidad: hoy la palabra dicha, en cierto modo, “fue”. Sin embargo, en contextos culturales en los cuales prevalece la oralidad por encima de la escritura, resulta un lenguaje inevitable[13].

 

            La palabra escrita, en cambio, permanece. A veces por más tiempo, como en el caso de un libro o de publicaciones periódicas, y otras un poco menos, como cuando se trata de textos ocasionales. En contextos socio-culturales donde se lee más, probablemente sea una modalidad más profunda que la anterior. Salvo, tal vez, en el caso de diálogos personales o en grupos reducidos, como ya lo advertían los antiguos sabios griegos respecto del quehacer filosófico entre maestro y discípulos[14]. 

El trabajo personal y colectivo

            Una última distinción sobre la que me animo a reflexionar es la que se establece entre la elaboración personal y colectiva de un trabajo teológico. En realidad, siempre coexisten ambas modalidades, si bien es cierto que en diferentes proporciones. En el primer caso, prevalece la reflexión e interiorización del teólogo en primera persona: es él quien se hace cargo del propio discurso, si bien para ello se tuvo que haber valido de lecturas, intercambios, escuchas[15].

 

            El trabajo colectivo subraya la vertiente del intercambio. Esto supondrá el cultivo del diálogo, de la sana negociación de pareceres y enfoques, el desafío de acordar afirmaciones y relativizar posturas, al momento de ponerse en búsqueda de una mayor y mejor comprensión y comunicación de la verdad teológica[16]. Posiblemente, con respecto al trabajo individual, el trabajo colectivo gane en sapiencialidad y pierda en elocuencia estética.

 Dr. Gerardo Daniel Ramos SCJ       


 

[1] La expresión la tomo de J. Lois Fernández, “Alegato a favor de una teología más significativa hoy”, Salmanticensis 53 (2006) 35-59. En la misma línea, N. Speccapelo, “Crisi epocale e nuovo compito educativo”, Gregorianum 85 (2004) 345-373.

[2] Cf., por ejemplo, Conferencia Episcopal Argentina, Jesucristo Señor de la Historia, 3.

[3] Cf. J. Seibold, La mística de los humildes, en: Crisis y reconstrucción (II), San Pablo, Buenos Aires 2003, 133-159.

[4] Presupongo aquí lo desarrollado en “Hacia una teología del cambio de época: ensayística, transdisciplinar, con impostación pastoral, desde Argentina” (en curso de publicación), donde desarrollando una caracterización de la teología con los rasgos descriptos, ejemplifico haciendo un recorrido sistemático a través de mis principales publicaciones.

[5] Lo utilicé con provecho sobre todo en Claves para caminar hacia una nueva Argentina, Guadalupe, Buenos Aires 2005.

[6] Me valí de este género literario, en formato breve, en La montaña y el lago (inédito).

[7] Ver el concepto de “fenómeno saturado” en J. L. Marion, Le visible et le révélé, Cerf, Paris 2005, 35-74.

[8] Me valí del recurso poético para desarrollar el libro Las experiencias de la vida (inédito), y para introducir, con D. Biló, la obra en colaboración Claves para iluminar la noche de nuestro tiempo, Guadalupe, Buenos Aires 2005, 5-6.

[9] Por ejemplo, comento teológicamente algunos de los temas más significativos de J. M. Serrat, con el título “Entre la exaltación y la nostalgia” (inédito).

[10] Cf. Método en teología, Sígueme, Salamanca 1988, 125-144.

[11] En esta tónica se inscribe, por ejemplo, todo lo que llevo publicado en la revista Teología.

[12] Implementé este estilo en los artículos publicados en Didascalia y, en cierto modo, Vida pastoral.

[13] Lo exploré más viviendo en Santiago del Estero (1999-2002).

[14] Me avoqué más a la teología escrita desde que vivo en Buenos Aires (2003).

[15] Por ejemplo, en diálogo con otros profesores de Doctrina Social de la Iglesia, en el marco del Instituto de Cultura y Extensión Universitaria de la UCA, surgió mi texto “Pluralismo cultural y religioso. Perspectiva histórica y debate ideológico”.

[16] Este modo colectivo lo utilizamos con P. Etchepareborda, A. Gianmarino, L. Liberti e I. Pérez del Viso, en “Hacia una mayor comunión social y eclesial” (ponencia presentada el 17/07/06, en el Colegio Máximo [San Miguel, Prov. Buenos Aires], en la Jornada anual de la Sociedad Argentina de Teología).

    


 

 

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